Hay momentos en los que la vida cambia de capítulo sin pedirte permiso. A veces lo elegiste vos —una separación, una mudanza, un renunciamiento— y a veces llegó solo: los hijos que se van, el cuerpo que envejece, el trabajo que termina. En el consultorio lo veo todos los días: mujeres que llegan diciendo «ya no sé quién soy».
Eso es una transición de vida. Y no es una crisis: es un umbral.
Una transición de vida es un pasaje entre dos formas de ser. No es una etapa mala ni un castigo: es el territorio entre la mujer que fuiste y la que estás por ser. En la mirada transpersonal la entendemos como un momento sagrado, aunque duela. La mariposa no sale de la crisálida sin romper algo.
Lo difícil no es el cambio. Lo difícil es el entre: ya no sos la de antes, todavía no sos la de después, y nadie te enseñó a habitar ese vacío.
Aunque el cambio sea deseado, hay duelo. Duelo por la identidad que se queda atrás, por los vínculos que se reordenan, por el cuerpo que ya no responde igual. Muchas mujeres se sienten culpables por llorar algo que ellas mismas decidieron. «Si yo lo elegí, ¿por qué estoy triste?»
Porque elegir también es soltar. Y soltar se llora.
Si te reconocés en varias, no estás rota: estás pariéndote.
Decir «estoy en transición» ya es un acto de poder. Sacás el proceso del terreno del desorden y lo ponés en el del ritual.
Las transiciones se viven en el cuerpo antes que en la cabeza. Caminar, respirar profundo, dormir, dejar las pantallas y el alcohol un rato: el cuerpo es el barco que te cruza.
No atravieses el umbral sola. Una amiga, un grupo de mujeres, una terapeuta. La transición pide testigos: alguien que te mire mientras cambiás de piel y no se asuste.
Un cuaderno donde dejar constancia de lo que muere y de lo que nace. Las palabras ordenan lo que el alma siente desordenado.
«No estás perdida. Estás dejando de ser la que fuiste para darle lugar a la que viniste a ser.»
Las transiciones no se apuran y no se evitan. Se habitan. Y se habitan mejor acompañada, con la mirada puesta en lo que nace y no solo en lo que queda atrás.
Si estás atravesando una transición y sentís que necesitás una mano, te espero en el consultorio. La primera sesión es un espacio para mirar juntas dónde estás parada y hacia dónde quiere ir tu alma.