Mi amigo el Diablo

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026

Desmitificando el tarotNotas y Artículos

La carta que todos temen es la que más nos quiere liberar.

Marcela Almazán — Arquitectura de Identidad · 29/09/2026

Todos le tienen miedo. Sale en una tirada y la gente se asusta: «ay, el Diablo».

Miralá un minuto.

Las cadenas están flojas

En la carta hay dos figuras atadas a la base del pedestal. Y las cadenas son anchas, holgadas. Podrían salir. Están paradas ahí porque todavía no miraron.

Eso es lo que muestra la carta: nadie te tiene atado. Pero hay algo que te tiene obediente.

Por qué le tienen miedo: porque es magnético

El Diablo emboba. Se para en un escenario y habla, y te lleva puesto. Es el que te convence, el que te seduce, el que te hace bajar la propia mirada. Te saca del propio juicio y te deja pensando como él.

Por eso le tienen miedo: no da miedo por feo. Da miedo porque atrae.

(Y ojo: ese magnetismo también aparece en casa. El que encanta y después no está. El que te emboba y te deja sin palabra propia.)

El Diablo es la sombra del Papa

Uno es el Papa: el V. El otro es el Diablo: el XV. Cinco y quince: los dos llevan el mismo número adentro, el 5. El 15 está en la decena que sigue, pero el número de abajo es el mismo.

Por eso el Diablo es la sombra del Papa: uno es la luz; el otro, la sombra.

El Papa enseña desde su lugar qué está bien y qué está mal. El Diablo muestra todo lo que ese lugar dejó afuera.

Son la misma fuerza: la autoridad. Una te ordena. La otra te muestra el precio de haber obedecido tanto tiempo.

(Acá hablamos de imágenes, de arquetipos. De esa autoridad que nos enseñó a agachar la cabeza.)

Y el Diablo era el bueno

Luzbel: el que traía la luz. El que se reveló contra el Padre.

Y acá viene lo incómodo: revelarse contra el Padre es enojarse. Y enojarse —el enojo con causa— es poder hacer tu propio camino.

Porque la fidelidad al Padre tiene una trampa: el sacrificio.

«Hay que sacrificarse.» «Hay que aguantar.» «Hay que sufrir para ganarse el cielo.»

Y en versión de todos los días: «hay que sacrificarse para ganar el dinero.»

Y si no lo hacés, te sentís mal. Culpable. Como si merecieras menos.

Eso es la cadena. No es una cadena de hierro: es una fidelidad invisible. Es el sacrificio que le prometiste a alguien que ya no está.

El que triunfa tiene el Diablo

Y acá está la otra cara, la más incómoda de todas.

¿Quién tiene el Diablo? El que va por lo propio.

El que dijo «no voy a trabajar bajo relación de dependencia». El que se hizo independiente. El que se salió del caminito. El que fue con pasión, con todo, aunque quedara fuera de la norma.

Porque la norma dice que hay un caminito y que si no vas por ese caminito, quedás afuera del sistema. Y el sistema, cuando alguien se sale, lo señala.

¿Qué pasa con el que tiene mucho dinero y la hizo solo? «Ese es un delincuente.» «En algo andará.» «¿Qué habrá hecho para tener eso?»

Nos inculcaron que ir por lo propio y ganar mucho es de estafadores. Que el que se sale es tránsfuga.

Ese también es el Diablo: el que te hace distinto.

Y muchas veces, la persona que no se anima a ir por lo suyo señala al que sí se animó. Eso no es juicio: es lealtad a la norma que la dejó quieta.

LO QUE DICEN LOS LIBROS

Y esto no lo inventé yo. Los grandes ya lo vieron.

Dante lo puso en el fondo del Infierno: congelado, inmóvil, con las alas quietas. Lucifer no gobierna: está preso. Y para salir de ahí, Dante se agarra de su pelo y trepa por su cuerpo — hay que pasar por él, no rodearlo. Y sale… y vuelve a ver las estrellas.

En los textos más viejos, «satanás» no es un nombre: es un cargo. Significa el adversario, el acusador, el que objeta. Es una función, no un personaje.

Y «lucifer» quiere decir «el que trae la luz». Lo que cayó del cielo no fue un monstruo: fue el brillo.

Prometeo robó el fuego para los hombres y quedó encadenado a una roca. Es la misma imagen de la carta: el rebelde atado. No se arrepiente: aguanta.

Nietzsche lo dijo mejor que nadie: hay una moral que llama «bueno» al que obedece y se sacrifica, y «malo» al que va por lo suyo. Por eso te enseñaron que el que se sale del caminito es un vivo, un estafador, un tránsfuga. No es maldad: es una moral que te necesita quieto. Y escribió la carta entera en una frase: «Quien lucha con monstruos debe cuidar de no convertirse en uno. Y cuando mirás mucho tiempo hacia un abismo, el abismo también mira hacia vos.»

Milton puso en boca de Satán: «Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo.» Y Goethe hizo que Mefistófeles se definiera: «Soy el espíritu que siempre niega» — y con eso empuja a Fausto a moverse.

Gurdjieff escribió un libro entero con el Diablo contando la historia: «Relatos de Belcebú a su nieto». Belcebú —el demonio— viaja por el espacio y le cuenta su vida a su nieto, que se llama Hassein, y de paso habla de los humanos.

Y ahí adentro hay una imagen que lo dice todo: dice que a los humanos se les puso un órgano, el «órgano Kundabuffer», que los hacía ver la realidad al revés. Se lo sacaron… pero los efectos quedaron.

Ver al revés. Eso es lo que hace la moral que te enseña que el que va por lo suyo es malo.

Los grandes nunca lo trataron como un monstruo. Lo trataron como una fuerza.

Y una fuerza se mira de frente.

El Diablo es el excluido del sistema

Todo lo que una familia no quiere mirar —el que hizo algo mal, el que fue abusado, el que se fue, el secreto, el que se animó — queda afuera. Y lo que queda afuera, vuelve. Vuelve como obsesión, como un vínculo del que no podés salir, como plata que no llega, como eso que se repite generación tras generación.

El Diablo es ese lugar en la carta. Y mientras no lo mires, manda él.

Cuando lo mirás, la cadena se cae sola

Tres preguntas para hacerte hoy:

  1. ¿A quién de tu familia se lo llamó «el malo»? ¿Alguien lo escuchó?
  2. ¿Qué no te animás a hacer por miedo a quedar afuera del sistema?
  3. ¿Qué estás sosteniendo por lealtad, creyendo que no podés soltarlo?

Cierre

No hay que pelear con el Diablo. Hay que mirarlo.

Es el que quedó afuera y sigue pidiendo lugar. Es el que te hace distinto. Es tu amigo: el que te dice en voz baja «esto no es tuyo».

No es el que engaña: es el que cuenta la historia de frente.

Y cuando le das su lugar, la cadena se cae sola.

Para inscripciones al taller de tarot: mandame un mail.

← Volver a Mi Revista

✆