Mercurio Retrógrado y la casa de los espejos

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Lo que escuchamos, lo que imaginamos y los monstruos que fabricamos con esto.

Hay una escena del cine de terror que todos conocemos, incluso quienes jamás se atreverían a ducharse con la cortina cerrada después de verla.

Una mujer está bajo el agua. El vapor empaña los vidrios. Todo parece normal, hasta que una sombra aparece detrás de la cortina.

En ese instante, el cuerpo sabe algo que la razón todavía ignora: el peligro podría estar ahí.

La música crece. La respiración se interrumpe. La mano que aparta la cortina ya no pertenece del todo a la mujer que unos segundos antes se estaba lavando el cabello. Pertenece a alguien que espera encontrar una amenaza.

Y entonces aparece el cuchillo.

Pero hay un detalle que el cine suele resolver demasiado rápido: antes de que el cuchillo se levante, antes de que el grito atraviese el baño, antes incluso de que sepamos si existe alguien detrás de la cortina, el miedo ya ha construido una historia completa.

La mente ha llenado los espacios vacíos.

Y cuando finalmente aparece la amenaza, ya no necesitamos comprobar demasiado. Estamos preparados para reconocerla.

Ahora imaginemos que esa cortina no está en un baño, sino en nuestra cabeza.

La habitación donde cada uno escucha su propio miedo

Hace poco grabé un análisis astrológico sobre Brasil, sobre sus configuraciones celestes y sobre las distorsiones que pueden producirse en los relatos y las comunicaciones durante un período asociado simbólicamente con Mercurio retrógrado.

No defendí a ningún dirigente. No ataqué a ningún partido. No pretendí convencer a nadie de una posición política.

Hablé de astrología.

Después publiqué el contenido y llegaron los comentarios.

Cada persona parecía haber escuchado un discurso diferente. Unos encontraron una intención política; otros, exactamente la contraria. Algunos respondieron a afirmaciones que yo no había formulado. Otros discutieron con una versión de mis palabras que parecía haber atravesado una máquina de deformación antes de llegar a sus oídos.

Al principio, la escena me produjo una carcajada.

Después me interesó por otra razón.

Yo estaba hablando de distorsiones en la comunicación y, delante de mis ojos, aparecía una demostración extraordinaria de cómo podemos deformar un mensaje para hacerlo encajar en nuestras convicciones.

No tuve que inventar un experimento psicológico. Los comentarios lo organizaron espontáneamente.

Mercurio retrógrado había conseguido una puesta en escena impecable.

Pero el fenómeno no pertenece exclusivamente a los planetas. Pertenece, sobre todo, a esa antigua arquitectura de la mente que intenta organizar el mundo de acuerdo con lo que ya conoce, teme o necesita confirmar.

Escuchamos una frase y, antes de comprenderla, la ubicamos en algún lugar de nuestro mapa interior.

Si allí hay un enemigo, lo encontramos.
Si allí hay una amenaza, la reconocemos.
Si allí hay una certeza que necesita protección, cualquier palabra ambigua puede convertirse en un ataque.

Y así, una conversación deja de ser un encuentro entre dos personas para convertirse en una batalla entre dos interpretaciones.

El monstruo detrás de la cortina

Los relatos antiguos y los grandes mitos comprendían algo que nuestra época, tan orgullosa de su racionalidad, parece olvidar con frecuencia: no siempre vemos las cosas tal como son. También las vemos a través de aquello que llevamos dentro.

El bosque puede ser un lugar de iniciación o un territorio de amenaza. La figura que aparece en el umbral puede ser un guía o un depredador. La misma oscuridad puede contener una posibilidad de transformación o despertar un terror aprendido.

El símbolo no cambia necesariamente. Cambia la relación que establecemos con él.

Algo semejante ocurre cuando escuchamos a otra persona.

No recibimos sus palabras como una superficie vacía. Las palabras encuentran una historia previa: experiencias, lealtades, heridas, creencias y temores. En ocasiones, esa historia nos ayuda a comprender. En otras, se interpone entre el mensaje y nosotros hasta volverlos irreconocibles.

La psicología conoce algunos de estos mecanismos: el sesgo de confirmación, que favorece las interpretaciones compatibles con nuestras creencias; y la proyección, mediante la cual podemos atribuir a otros contenidos que tienen mucho que ver con nuestro propio mundo interior.

No significa que toda interpretación sea falsa ni que toda sospecha carezca de fundamento. Significa algo más incómodo: nuestra certeza no constituye, por sí sola, una prueba.

Podemos estar convencidos de haber reconocido un cuchillo cuando apenas hemos visto una sombra.

Y podemos pasar años discutiendo con la sombra.

La política de los espejos

En una época en la que las identidades políticas se viven muchas veces como extensiones de la identidad personal, escuchar al otro se ha vuelto una operación delicada.

Ya no siempre preguntamos qué quiso decir. Primero intentamos determinar a qué bando pertenece.

Si creemos haberlo identificado, el resto del mensaje queda subordinado a esa clasificación. Una palabra se convierte en indicio. Una pausa, en sospecha. Una metáfora, en confesión involuntaria.

El discurso deja de ser escuchado y comienza a ser interrogado.

No buscamos comprenderlo: buscamos descubrir aquello que sospechamos que oculta.

Y si no lo encontramos, podemos terminar fabricándolo.

Lo paradójico es que cada persona puede estar convencida de que su lectura es la más lúcida. Nadie se siente protagonista de una distorsión. Cada cual cree haber visto lo que los demás se niegan a ver.

Así, dos personas escuchan el mismo mensaje y salen de la conversación convencidas de haber descubierto intenciones opuestas.

No necesariamente porque una mienta y la otra diga la verdad, sino porque entre las palabras pronunciadas y las palabras recibidas existe un territorio invisible donde intervienen nuestros propios filtros.

Y en ese territorio, a veces, la imaginación trabaja horas extras sin cobrar salario.

Mercurio no tiene la culpa de todo

En astrología, Mercurio se asocia simbólicamente con la comunicación, el pensamiento, el intercambio y la interpretación. Su retrogradación suele utilizarse como metáfora de las revisiones, los malentendidos y la necesidad de volver sobre lo que creíamos haber comprendido.

Pero sería demasiado cómodo atribuirle al cielo todas nuestras confusiones.

Los planetas pueden ofrecernos un lenguaje simbólico para pensar la experiencia. No sustituyen la observación de nuestros mecanismos psicológicos ni demuestran, por sí mismos, que una configuración celeste cause una conducta determinada.

El trabajo verdaderamente interesante comienza cuando dejamos de buscar culpables afuera y nos preguntamos qué hacemos nosotros con aquello que recibimos.

Porque el problema no es solamente que alguien pueda tergiversar nuestras palabras.

El problema es que nosotros también podemos hacerlo, incluso cuando estamos convencidos de defender la verdad.

Y esa es una posibilidad bastante menos agradable que culpar a Mercurio.

A Mercurio podemos esperar que se le pase. A nuestros prejuicios, si no los examinamos, podemos llevarlos toda la vida.

Antes de apartar la cortina

Quizás la verdadera prueba de nuestra capacidad para escuchar no aparezca cuando alguien dice algo con lo que estamos de acuerdo.

En ese caso, comprender resulta relativamente sencillo: el mensaje llega a una casa que ya tenía las puertas abiertas.

La prueba aparece cuando alguien dice algo que nos incomoda, que no coincide con nuestras ideas o que no podemos ubicar rápidamente en las categorías que conocemos.

¿Qué hacemos entonces?

¿Escuchamos hasta comprender o dejamos de escuchar en cuanto creemos haber reconocido al enemigo?

¿Distinguimos las palabras pronunciadas de las intenciones que les atribuimos?

¿Podemos admitir que una interpretación nuestra es posible, sin convertirla automáticamente en la única interpretación verdadera?

Tal vez la madurez intelectual comience en ese instante incómodo en el que nos permitimos considerar que podríamos estar equivocados.

No es una tarea sencilla. Exige tolerar la incertidumbre, revisar las propias convicciones y aceptar que nuestra percepción, por muy valiosa que sea, no constituye una ventana transparente al mundo.

A veces es un espejo.

Y los espejos tienen una costumbre inquietante: nos devuelven una imagen que reconocemos como propia, aunque no siempre comprendamos qué estamos mirando.

Por eso, la próxima vez que escuches algo que te provoque una indignación inmediata, quizás convenga detenerse un segundo antes de levantar el cuchillo.

No porque detrás de la cortina nunca haya nadie.

Sino porque, antes de atacar, sería prudente comprobar si realmente hay alguien allí.

Y si lo hay, averiguar quién es.

Porque quizá el verdadero peligro no consista en descubrir que el otro es un monstruo.

Quizá consista en pasar la vida entera fabricando monstruos para no tener que examinar nuestros propios miedos.

Y entonces sí, podremos decir que Mercurio está retrógrado.

Pero la cortina, querida humanidad, la seguimos cerrando nosotros.

Marcela Almazán — Terapeuta transpersonal · Arquitectura de Identidad

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