Lula remontó una elección perdida: el lado B de la derrota que no se acepta

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Lula da Silva dio vuelta un balotaje que parecía perdido y volvió a ser presidente de Brasil por cuarta vez. La noticia dio la vuelta al mundo en horas: el hombre de 80 años que había caído en primera vuelta y que, contra todos los pronósticos, remontó. Los mercados reaccionaron, el real se devaluó, los análisis políticos se multiplicaron. Pero hay una parte de esta historia que no entra en los titulares y que sí me interesa mirar acá: qué hace una persona con su propia derrota.

Porque en la misma jornada vimos las dos caras. De un lado, alguien que perdió y volvió a intentarlo. Del otro, Flavio Bolsonaro negándose a aceptar el resultado y pidiendo la anulación de la elección. Dos formas opuestas de habitar el mismo hecho.

Lo que pasó, en una línea

Lula perdió la primera vuelta, quedó segundo y remontó en el balotaje. Es el primer presidente brasileño desde el regreso de la democracia, en 1985, que logra revertir en segunda vuelta una derrota sufrida en la primera. A los 80 años, se convierte en el mandatario con más mandatos completos del país.

No es mi rol analizar la política brasileña ni sus consecuencias económicas para la Argentina. Lo que sí puedo mirar es la dimensión humana de un fenómeno que se repite en consultorio todas las semanas: la diferencia entre perder y quedar derrotada.

Perder no es lo mismo que ser derrotada

Perder es un hecho. Ser derrotada es una interpretación. Entre una cosa y la otra hay un espacio enorme, y en ese espacio se juega toda la salud emocional de una persona.

Cuando perdés algo —una elección, un trabajo, una pareja, un hijo que se va de casa—, el hecho es externo y verificable. Cuando te convertís en derrotada, el hecho se vuelve identidad. Y la identidad, a diferencia del hecho, no tiene fecha de vencimiento.

La derrota se convierte en identidad cuando la repetís en voz baja todos los días.

Lo que hizo Lula, en términos psicológicos, es bastante simple de describir aunque dificilísimo de sostener: no convirtió un resultado en un veredicto sobre quién era. Volvió a presentarse. Y eso, más allá de cualquier afinidad política, es una operación emocional de una madurez notable.

La negación de la derrota: el otro camino

Del otro lado está la negación. No aceptar el resultado, pedir que se anule, sostener que hubo una maniobra. Desde la lectura transpersonal, la negación no es una mentira: es una protección. Es el sistema psíquico diciendo "esto no puedo mirarlo todavía, porque si lo miro se cae algo más grande que la elección".

Y eso es exactamente lo que veo en consultorio cuando alguien no puede aceptar que una relación terminó. No es que no entienda los hechos. Es que aceptarlos implica desarmar una identidad entera construida alrededor de esa relación. Aceptar la derrota, en esos casos, se siente como morir un poco. Y la psiquis prefiere la ficción antes que la muerte simbólica.

El problema es el costo: la negación se sostiene con una energía enorme, y esa energía sale de algún lado. Sale del sueño, del cuerpo, de los vínculos, del presente.

La derrota como información, no como sentencia

Hay una pregunta que suelo hacer y que cambia el tono de muchas sesiones: ¿qué te está diciendo esta derrota que no querías escuchar?

No siempre hay una respuesta inmediata. A veces la respuesta tarda meses. Pero cuando aparece, suele ser muy concreta: que estabas sosteniendo algo que no te correspondía, que elegiste desde el miedo, que confundiste lealtad con sometimiento, que necesitabas que te elijan para sentirte valiosa.

La derrota, mirada así, es información de alta calidad. Es el único lugar donde el sistema te muestra sus puntos débiles sin anestesia. Lo que hagas con esa información ya es otra historia: podés usarla para castigarte o para rediseñar el mapa.

Tres preguntas para tu propia remontada

1. ¿Qué perdí exactamente? Nombrarlo con precisión, sin generalizar. No perdí todo: perdí un trabajo, un vínculo, un lugar. La precisión desarma el drama y devuelve el tamaño real de la herida.

2. ¿Qué parte de mí se cayó con eso? Ahí está el trabajo de fondo. Si se cayó la identidad de "la que nunca falla", hay algo para reconstruir que va mucho más allá del hecho puntual.

3. ¿Qué haría si supiera que puedo perder otra vez y sobrevivir? Esta pregunta no busca optimismo: busca ampliar el margen. Casi todo el miedo a intentar viene de la fantasía de que un nuevo fracaso sería definitivo.

Lo que queda del lado B

Las elecciones se ganan y se pierden, los gobiernos pasan, los mercados se acomodan. Lo que queda, cuando se apaga la cámara, es la relación de cada persona con su propia caída. Hay quienes la usan como escalón y quienes la usan como identidad.

No hace falta tener ochenta años ni ser presidente de un país para hacer esa operación. Hace falta, sí, algo de coraje y bastante acompañamiento. Porque remontar no se hace en soledad: se hace con alguien que te sostenga la mirada mientras volvés a intentarlo.

Si estás atravesando una derrota que todavía te define, podés reservar una sesión y empezar a separar el hecho de la sentencia.

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