La Templanza y el Arte: la carta que no dice «sos dependiente», dice «mirá el reparto»
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
El arcano XIV · Desmitificando el tarot
Hace cuarenta años que estudio el tarot…
…y cuando empecé, descubrí esto: hay cartas que no se terminan de aprender, y el arcano XIV es una de ellas.
Y cuarenta años después, la sigo profundizando.
No hay carta más conocida que esta: la figura alada, las dos copas, el agua que pasa de una a la otra. Todos la vimos mil veces. Pero esa carta no es igual en todos los mazos. La misma imagen, tres versiones, y cada una dice algo distinto. Hoy me quiero detener en eso.
1 · El Marsella: el agua que pasa de un vaso al otro
En el Marsella, el arcano XIV es La Templanza, y el gesto es simple: una figura alada pasa agua de un vaso al otro. No hay paisaje, no hay cielo. Solo las dos vasijas y el líquido que viaja.
Alrededor, unas flores: en el Marsella marcan que algo está vivo, que hay una vida que se cuida mientras se hace el pasaje. Y esas flores no están de adorno: la flor que la Templanza lleva en la cabeza es la misma que llevan las flores de la joven de Los Enamorados. La Templanza y el arcano VI comparten el motivo floral: una carta llama a la otra.
_El resto, lo vemos en el curso de tarot de verano._
Y ahí está la primera clave: la carta habla de una medida. Cuánto se da y cuánto se guarda; que el agua no se derrame. Dosificar, dice el Marsella. Ese es el verbo de esta carta vieja.
2 · El Rider de 1909: cada detalle tiene un porqué
En 1909 la carta cambió. El Rider no muestra una figura sobre un fondo vacío: muestra una escena entera, y cada cosa que aparece está puesta a propósito. Nada es decoración. Vamos por partes.
El ángel. Es la figura alada, y sobre su cabeza hay un triángulo: la conciencia superior. Es lo que mira desde arriba, lo que ve el conjunto cuando uno está metido en el medio. El ángel no sufre la escena: la observa.
El sol que sale. En el fondo hay un sol saliendo entre las montañas. No es un sol cualquiera: es la aurora, la luz nueva. ¿Por qué un sol y no una tormenta? Porque la carta habla de eso: después de la noche viene el amanecer. No es castigo: es la luz que vuelve. Y ese sol se repite: es el mismo que aparece en El Loco y el que está en La Muerte, al fondo, entre las dos torres, más allá del caballo. Un mismo patrón: la luz que siempre renace.
_El resto, lo vemos en el curso de tarot de verano._
El río. Atrás corre un río: el camino de la vida, lo que fluye y no se detiene.
Un pie en el agua y otro en la tierra. Y acá está el corazón de la carta. El ángel tiene un pie dentro del agua y otro apoyado en la tierra: el equilibrio entre lo que se siente y lo que es. Un pie en lo inconsciente, otro en lo consciente. Ni todo adentro del agua —ahogado en lo que siento—, ni todo en la orilla —seco—. Los dos pies, uno en cada lado. Ese es el punto.
Y hay más, porque ese pie también habla de la casa donde aprendimos a querer: el agua es la madre, la tierra es el padre, lo concreto. Cuando uno de los dos pies se corre, la carta muestra un desequilibrio en la pareja de los padres; y lo que busca es la unificación. La misma que aparece en Los Enamorados: ahí el sol rodea a Cupido arriba y abajo hay una madre… pero el padre está en el cielo. Dos cartas, una sola historia: falta un pie, y hay que volver a pararse en los dos.
_El resto, lo vemos en el curso de tarot de verano._
Los dos vasos. El agua pasa de una copa a la otra: es el pasaje entre lo interno y lo externo, lo que siento y lo que hago con eso.
Los lirios y las espigas. De un lado, lirios blancos y quietos; del otro, espigas doradas y cargadas. Los lirios son el pensamiento; las espigas, la acción. Y también son lo femenino y lo masculino: lo que espera y lo que produce. Pintados a los dos lados para que ninguno se pierda.
Y estos dos vuelven por todo el mazo. El lirio está en El Mago, en El Hierofante y en La Sacerdotisa, y reaparece en el As, el Dos y el Tres de Oros y en el Cuatro de Espadas: siempre la pureza y el pensamiento. La espiga tiene su carta mayor en La Emperatriz, con su campo dorado a los pies, y vuelve en el Siete y el Nueve de Oros y en el Rey de Oros: siempre la fertilidad y la cosecha.
_El resto, y la rosa y el lirio, lo vemos en el curso de tarot de verano._
El Rider no cambió el mensaje: lo puso en escena. Y en escena, cada elemento empieza a hablar.
3 · Los dos colores: el ánima y el ánimus
Ahora mirá los colores de la figura. El ángel no es de un solo tono: es de dos. Para mí, esos dos colores son el femenino y el masculino. El ánima y el ánimus.
Acá me ayuda Jung, que les puso nombre: esas dos partes que viven dentro de cada uno y que no tenemos en lo consciente. No las elegimos. Uno no lo tiene consciente; sale de manera inconsciente: sale en cómo reaccionás, en lo que exigís, en lo que das sin darte cuenta. Es como un yin-yang: cada mitad lleva adentro la semilla de la otra. No se pelean; se completan.
A esa parte no se llega estudiando: se la reconoce cuando aparece. Y el Rider, con sus dos colores, la pone delante: mirá, están acá, adentro de la misma figura.
4 · Crowley: el nombre que lo cambia todo — «Arte»
Y ahora el tercero. En el mazo de Crowley —el Thoth— esa misma carta, en el mismo lugar, con el mismo número, no se llama La Templanza. Se llama «Arte».
Y ese cambio de nombre no es un capricho: es un cambio de idea. Porque Arte no dosifica: transmuta. Es la alquimia: agarrar dos cosas opuestas —el fuego y el agua, lo blanco y lo negro— y mezclarlas hasta que se vuelvan otra cosa. No el punto medio entre las dos: otra cosa.
Y eso es lo que la carta muestra: el Rebis, la figura de los dos en uno. Lo femenino y lo masculino, lo negro y lo blanco, ya no separados sino fundidos en un solo cuerpo. Es la unión de los opuestos: no la pelea resuelta, sino algo nuevo hecho con los dos.
Ahí está la diferencia. El Marsella y el Rider miden el paso del agua; Crowley la hierve. Los primeros dosifican; él transmuta. Misma carta, dos verbos.
5 · La copa que se vacía: el matrimonio y el reparto
Y ahora la parte que más me interesa: la que veo cada vez que esta carta sale en un matrimonio, en una pareja que ya lleva años.
Volvamos al gesto. Si una de las dos copas se está vaciando, es porque esa persona dio demasiado. Dio y dio, el otro recibió y recibió, y en algún punto la balanza se rompió.
Entonces pasa lo que pasa: el que se quedó con la copa vacía empieza a necesitar que el otro le dé. Y si el otro no da, empieza a sacarle de su propia copa. Ahí aparece la dependencia. No como una condena, no como un defecto de fábrica: como un reparto que se desacomodó.
Por eso yo no la leo como una sentencia. La carta no dice «sos dependiente»: dice «mirá el reparto». Mirá quién da, quién recibe, quién cede siempre, quién paga siempre. No te acusa: te pide que vuelvas a medir. Porque una dependencia no nace de la maldad de nadie: nace de una copa que se vació sin que ninguno de los dos lo notara.
Y no hace falta que alguien sea malo: alcanza con querer mucho y medir poco. Es el mismo desequilibrio de antes, cuando uno de los dos colores se corre y ocupa el lugar del otro.
Por eso, cuando esta carta sale en una pareja, yo hago siempre lo mismo: voy a mirar Los Enamorados. La Templanza no se lee sola: llama a la carta del vínculo, y las dos juntas cuentan la misma historia del reparto y de lo que falta.
_El resto, lo vemos en el curso de tarot de verano._
6 · Dosificar o transmutar
Fijate que todo vuelve al mismo punto. El Marsella y el Rider te piden medir: que el reparto se sostenga y que el pie esté en los dos lados. El Arte de Crowley te pide algo más: que eso que se mezcla se transforme en algo nuevo.
No son ideas opuestas: son dos momentos de la misma carta. Hay veces en que la vida te pide dosificar —parar de dar de más, volver a poner las cuentas claras—; y hay veces, las más hondas, en que te pide transmutar: mezclar lo que parecía imposible y dejar que nazca otra cosa.
Porque no es lo mismo. En una, el agua cambia de lugar; en la otra, el agua cambia de naturaleza. Y la vida, a veces, te pide lo primero; y a veces, lo segundo.
Cierre
Cuarenta años después, cada vez que me sale, me hace la misma pregunta. ¿Dónde está el reparto en tu vida hoy? ¿Estás dando de más? ¿Estás recibiendo sin dar? ¿Tenés un pie en el agua y otro en la tierra, o los dos del mismo lado? ¿O estás en ese momento —el más fértil— en que dos cosas opuestas se están mezclando y están por convertirse en otra?
El Marsella te enseña la medida. El Rider te muestra la escena, con su amanecer y sus dos pies. Crowley la llama Arte y la pone a hervir. Pero el fondo es uno: dos contrarios que no se anulan, se integran. O hay que volver a medirlos.
Y el tarot no te dice lo que va a pasar. Te muestra dónde está el reparto, y te deja elegir.
Lo que se sana y se reconoce, no se repite.