La Justicia no es una sentencia: es una vara
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
(y la vara, desde el día que naciste, la tenés vos)
Segunda parte de «La Justicia no castiga: mide» — leé la primera parte acá
Hace unos días leí un texto hermoso sobre la Justicia divina. Estaba bien escrito, con palabras finas, y decía —con mucha elegancia— lo que dicen casi todos:
Que la Justicia tiene memoria. Que no se olvida de nadie. Que al que se fue tranquilo, ya le va a llegar.
Lo leí dos veces. Y me quedé con una cosa dando vueltas, porque ese texto consuela. Y justamente por eso hay que mirarlo de cerca.
Porque hay dos maneras de leer esta carta. Una se aprende en la calle. La otra se aprende mirándose. Las dos existen. Pero una te deja esperando, sentada. Y la otra te deja creciendo, de pie.
LA CARTA QUE SE LEE AL REVÉS
La lectura de la calle dice: «la Justicia te va a dar la razón.» Que el otro pague. Que le llegue.
Es la lectura de Doña Rosa, de Doña Mabel, de la señora del barrio que tira las cartas con todo el corazón. Y no lo digo con desprecio: lo digo con ternura. Porque esa lectura no la inventaron ellas. Se la enseñó la cultura. Es la lectura que nos dieron, y por eso la repetimos.
En esa lectura, la Justicia es un tribunal de afuera. Alguien, en algún lugar, lleva la cuenta. Y yo soy la agraviada que espera el fallo.
Y ahí está la trampa, la que casi nadie ve: si espero que pague el otro, me quedo sentada esperando. Le entrego mi vida a un tribunal que no existe, y me quedo quieta, mirando el horizonte, con el dedo acusador levantado.
No es que no haya justicia. Es que la estoy buscando donde no está.
HAY DOS DIMENSIONES, NO DOS CALIDADES DE PERSONA
Que quede claro, porque esto es importante: no hay gente despierta y gente dormida. No hay quien lee bien y quien lee mal.
Hay dos dimensiones de lectura. Y las dos son reales.
La primera es horizontal. Va hacia afuera. Pregunta: ¿quién me debe? ¿quién se salvó? ¿cuándo le llega? Mide la vida en comparación: lo que el otro hizo, lo que el otro tiene, lo que el otro se llevó.
La segunda es vertical. Va hacia adentro. Pregunta: ¿con qué me estoy midiendo? ¿qué me estoy debiendo yo? No compara: mira.
La primera dimensión mide con la vara del otro. La segunda mide con la vara propia. Y esa diferencia —que parece chica— cambia toda la vida de una persona.
LA BALANZA NO PESA AL OTRO
Volvé a mirar la carta. De verdad. Sin diccionario.
Hay una sola figura sentada. No son dos. La balanza no está entre dos personas: la sostiene una. Y ese es el primer dato que la lectura apurada ignora.
La balanza no está pesando al vecino. Está pesando lo tuyo.
Y en la otra mano, una espada. La espada no corta cabezas: corta lo que no es cierto. Y lo primero que cae, siempre —aunque duela— es la propia excusa. La que uno se cuenta para no mirar.
Y arriba, una corona. Porque esto no lo decide un juez de afuera: lo decide la parte tuya que puede ver de verdad. La que ya no se engaña.
La carta no te da un veredicto. Te da un instrumento.
EN LA COMPARACIÓN NO HAY CRECIMIENTO: HAY DESVALORIZACIÓN
Acá quiero detenerme, porque esto es el corazón de todo lo que hago.
Cuando yo me comparo, no me estoy midiendo con mi propia medida. Me estoy midiendo con la del otro. Y esa vara nunca me va a dar bien — porque el otro no tiene mi historia, ni mi casa, ni mi carga, ni mis años.
La comparación no enseña: resta. No te muestra dónde estás: te muestra dónde no estás. Te deja siempre un centímetro corta. Siempre.
En la comparación no hay crecimiento. Hay desvalorización. Y es una sola y misma cosa: cada vez que me comparo, me desvalúo — y encima le regalo a otro el poder de decirme cuánto valgo.
La Justicia, leída así, hace lo contrario: te devuelve tu propia vara. Y te pregunta, sin anestesia: ¿con qué te estás midiendo?
LA JUSTICIA DIVINA NO ESTÁ AFUERA
Y ahora la parte más profunda, la que me hace escribir todo esto.
La justicia divina no es un tribunal. No es un cielo con agenda anotando quién te debe. Eso es chico — chico para lo que estamos hablando, y chico para nosotros.
La justicia divina es una ley que está adentro tuyo. No afuera, esperando el momento: adentro, trabajando. Y no trabaja contra nadie: trabaja con vos.
No se trata de justicia humana. Se trata de justicia divina. Y la humana juzga actos; la divina mira la conciencia.
Y hay algo que quiero decir con todas las letras: nosotros somos uno con la conciencia. Uno. No estamos separados de la ley que nos mide. No hay un juez y una rea. Hay una sola cosa — y esa cosa, cuando se mira, se ordena.
Por eso lo que no se reconoce vuelve. No como castigo: como repetición. Vuelve la misma escena, el mismo vínculo, la misma pérdida, hasta que uno la mira de frente. Jung lo dijo de otra manera, y lo repitió toda su vida: hasta que no hacés consciente lo que te pasa, eso manda como si fuera el destino.
No hay castigo. Hay una ley que espera que la mires.
QUÉ PREGUNTA ESTA CARTA
Cuando la Justicia aparece en una tirada, yo no pregunto «¿quién tiene razón?».
Pregunto otra cosa. Y son tres preguntas — ninguna habla del otro:
- ¿Con qué vara me estoy midiendo?
- ¿Qué excusa está cortando la espada?
- ¿Qué me estoy debiendo a mí misma?
Tres preguntas. Ni una sola sobre el que me hizo mal.
Porque el día que me siento a contestarlas de verdad, pasa algo raro: el otro se vuelve chiquito. Ya no ocupa el centro. Y yo, que estaba esperando un fallo, me levanto.
POR QUÉ TE ESCRIBO ESTO
Hace cuarenta años que estudio el tarot, y atiendo gente con el tarot. Y hace veinte que lo incorporé a mis consultas de constelaciones y de terapia transpersonal.
Y después de cuarenta años escuchando historias, aprendí una cosa que no me la enseñó ningún libro:
La mayoría de la gente no está esperando justicia. Está esperando permiso.
Permiso para dejar de compararse. Para dejar de medirse con la vara de la madre, del marido, de la hermana, de la vecina, de la que salió en Instagram. Permiso para mirar hacia adentro y encontrar ahí —adentro, no afuera— su propia justicia.
Y eso no se consigue esperando que el otro pague. Se consigue el día que una deja de deberte.
La Justicia no le llega al otro. Te llega a vos. Y cuando de verdad te llega, ya no necesitás que nadie pague: dejaste de deberte.
👉 Si querés seguir con esto, te dejo la primera parte:
«La Justicia no castiga: mide» — por qué el «no es justo» organiza una vida entera, y de quién es esa voz que te mide todo el día.
Lectura simbólica de autoconocimiento. No constituye terapia, diagnóstico ni tratamiento.