La culpa y los muertos: por qué la familia Maradona no puede hacer el duelo

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026

Notas y Artículos

Cuesta encontrar un caso más claro de lo que llamo el duelo que subyace al duelo que el juicio por la muerte de Diego Maradona. Una familia entera hace seis años que no puede soltar, y no es porque no quiera: es porque sigue buscando un culpable.

El nudo no es el dinero

Suele contarse este caso como una pelea por la herencia, la marca o el dinero. Y hay de eso, no lo voy a negar. Pero el nudo verdadero es otro: lo que se está dirimiendo en el tribunal es quién fue el responsable de la muerte de Diego. Los médicos, las mentiras, los secretos, el entorno que lo rodeaba. Una causa penal contra un grupo de profesionales imputados por la muerte del ídolo, con la acusación sosteniendo que esa muerte pudo evitarse.

¿Y qué tiene que ver esto con el duelo? Todo. Porque el duelo evidente —“Diego se murió, lo lloramos”— eso ya pasó hace seis años. Lo que no pasó es el duelo de verdad: el que solo puede empezar cuando el sistema deja de necesitar un culpable.

Los que quedan no pueden llorar en paz

Cuando una pérdida es tan grande, el sistema que esa persona sostenía se queda sin piso. No se te rompió un pensamiento: se te amputó el suelo. Y los que quedan —las hijas, las hermanas, los que cuidaron, los que estuvieron alrededor— no pueden hacer la mudanza hacia el presente mientras estén atados a la pregunta “¿quién tuvo la culpa?”.

Es una fidelidad invisible, de las que se trabajan en constelaciones: “mientras no se sepa quién fue el responsable, ninguno puede irse a vivir su propia vida”. Se quedan todos en el plano de lo que no pudo ser, sosteniendo juntos un edificio que se cayó hace años.

Y los tres anclas ya no están

Lo más impactante de todo es lo que apareció en el propio expediente. Para determinar cómo se produjo la muerte, la junta médica —la prueba central de la acusación— analizó por error estudios de laboratorio que no eran de Diego, sino de su padre. El papá de Diego Maradona, Don Diego, que también está muerto. Y la madre también está muerta.

Fíjense la potencia simbólica de eso. El clan está discutiendo quién tuvo la culpa de la muerte de Diego, con el padre muerto metido en el medio del expediente, y la madre muerta también. Los tres pilares de ese sistema —Diego, su padre y su madre— ya no están para decir nada. Nadie puede pedirles perdón, nadie puede hacerlos responsables, nadie puede soltarlos. Pero todo el sistema sigue girando alrededor de ellos, sin poder avanzar.

El sistema está constelando a sus muertos. Y mientras no se haga el duelo de los tres, nadie puede habitar el presente.

Qué nos enseña esto

No hace falta ser famoso para atravesar esto. Todos conocemos familias que quedaron congeladas en la culpa después de una muerte: “si yo hubiera estado”, “si no hubiéramos hecho eso”, “por qué no lo llevamos antes al médico”. Años y años buscando a quién echarle la culpa, porque es más fácil encontrar un responsable que aceptar que hay cosas que no se pueden controlar.

El duelo de verdad no es soltar una expectativa. Es mirar el andamiaje que se cayó, honrar la estructura que se construyó, aceptar que esa historia concluyó y atreverse a hacer la mudanza psíquica hacia el suelo desnudo del presente. Eso no se hace de palabra: se hace cuando el sistema entero —los vivos, y el lugar de los muertos— encuentra su orden de nuevo.

Mientras una familia siga discutiendo quién tuvo la culpa, ninguno de sus miembros va a poder vivir su propia vida. El reglamento tranquiliza, pero no siente. La culpa sostiene, pero no sana.

Soltar al culpable no es traicionar al que se fue. Es, por primera vez, honrarlo en paz.

Lo que se sana se devuelve, no se le pone encima.

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