La bancarrota de los valores: Europa y las espadas

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

La capital de una Europa que arde, con las avenidas tapizadas de cristales rotos y los templos del lujo saqueados por manos que no buscan abrigo ni pan, es el escenario donde se consuma la bancarrota de los valores. Es el territorio donde reinan el Cinco y el Siete de Espadas: el triunfo cínico de la trampa, el “vale todo” y la desorientación moral donde los pactos comunes se han hecho añicos y la brújula ética quedó reducida a polvo.

Y frente a ese espejo roto, surge la pregunta insoportable que sacude al lector: ¿cuánto vale una norma cuando la propia supervivencia del alma se vuelve intemperie?, ¿en qué momento exacto dejamos de interrogar lo que nos rodea para convertirnos en rehenes de un cinismo compartido? Ya no hay códigos; solo sobrevive la ley de quien arrebata por la fuerza lo que el mundo le enseñó a desear, atrapado en un vacío espiritual donde las reglas ya no le importan a nadie.

Pero esa falta de valores no surge de la nada; alguien la pensó. Un pensamiento invisible flotaba en el aire de la época, colándose por las grietas de la conciencia hasta dejar de lado el discernimiento y la voz propia.

La pregunta vuelve a golpear, seca y exigente: ¿quién frena en su mente lo que viene de afuera si ya no hay con qué compararlo?, ¿dónde habita esa idea fija que se multiplicó y se hizo carne en miles hasta anular la propia voluntad?

Ahí es donde se desboca el Caballo de Bastos: una pasión ciega y un impulso desenfrenado que arrastran a la masa hacia adelante. Sin embargo, en ese galope furioso se advierte la profunda contradicción del jinete: el caballo se lanza con furia hacia un lado, mientras la mirada y la voluntad parecen extraviadas en otra dirección, como El Loco que camina al borde del abismo sin saber bien a dónde va ni qué rumbo tomar, arrebatado por un fuego ajeno que lo consume todo.

Y una última pregunta insiste en el fondo de la conciencia: ¿cuánta libertad queda cuando preferimos el vértigo de la destrucción antes que el peso de nuestra propia responsabilidad?

Esa masa que revienta las vitrinas de las marcas más caras no especula ni responde a un plan; es la ira hecha fuerza cinética pura. Al romper el cristal blindado y saquear el objeto suntuoso para apropiárselo o destruirlo, el ser humano comete un acto de transgresión ontológica. Prefiere el caos, la ruina y el vértigo de la caída antes que seguir contemplando, inmóvil y domesticado, la distancia insoportable entre su deseo y un mundo que ya perdió todo sentido.

Lectura simbólica de autoconocimiento. No constituye terapia, diagnóstico ni tratamiento.

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