Herida de abandono: por qué te aferrás a quien se aleja

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Cuando el otro se corre un centímetro y vos sentís que se va para siempre.

La herida de abandono no se ve en los momentos tranquilos. Se ve cuando el otro tarda en contestar, cuando cambia el tono, cuando dice «después hablamos». Ahí aparece una urgencia que no coincide con el tamaño del hecho: un mensaje sin respuesta a las once de la noche puede sentirse como el comienzo de una despedida. Y no es exageración: es una herida vieja respondiendo a un estímulo nuevo.

Si te aferrás a quien se aleja, probablemente ya te hayas dicho varias veces «no sé por qué hago esto». Sí sabés. Lo que pasa es que la parte que lo sabe no es la misma parte que lo hace.

Qué es la herida de abandono (y qué no es)

La herida de abandono es una marca emocional que se instala cuando, en algún momento temprano, la presencia de quien te cuidaba fue impredecible. No hace falta que te hayan dejado en una puerta: alcanza con una madre que a veces estaba y a veces no, un padre que aparecía y desaparecía, una casa donde el afecto dependía del humor del día.

El niño que crece así aprende una lección muy precisa: el vínculo no está garantizado. Y a partir de esa lección organiza todo lo demás: detecta el primer signo de distancia, se anticipa, se adapta, se achica, se hace indispensable. Todo para que el otro no se vaya.

No es lo mismo que estar sola. Podés estar sola y estar bien. La herida de abandono aparece incluso acompañada, porque no se activa con la ausencia real sino con la posibilidad de la ausencia.

Las señales que se repiten

Ninguna de estas señales te define. Son estrategias. Y las estrategias se pueden cambiar, aunque lleven tiempo.

Lo que hacés cuando el otro se corre un centímetro

1. Rellenás el silencio

Si el otro no escribe, escribís vos. Si no llama, llamás. El vacío se vuelve insoportable y lo llenás con cualquier cosa, incluso con una pelea, con tal de que haya contacto.

2. Te volvés la mejor versión de lo que el otro necesita

Anticipás deseos, resolvés problemas, te hacés útil. Es una forma de comprar permanencia: si soy imprescindible, no se va. El problema es que así nunca te eligen a vos: eligen lo que hacés.

3. Te adelantás a la despedida

Cuando el miedo es muy grande, algunas personas hacen lo contrario: se van primero. Rompen antes de que las rompan. El resultado es el mismo: la relación termina, pero por decisión propia, para no quedar en el lugar del que se quedó esperando.

La herida de abandono no te hace débil: te hace rápida. Detectás la distancia antes que nadie. El problema es que ese radar también detecta distancia donde no hay.

Por qué elegís a quien no se queda

Acá hay algo que incomoda y conviene decir: no elegís a quien no se queda por casualidad. Lo elegís porque es conocido. Un vínculo disponible, previsible y afectuoso puede sentirse aburrido o sospechoso: «¿qué quiere?», «¿por qué me quiere?», «¿cuándo se va a cansar?».

En cambio, el que da poco activa todo el sistema: la búsqueda, la espera, la conquista. Se siente intenso. Se confunde con amor. Y mientras dura, no hay que enfrentarse a la pregunta más difícil: qué pasa cuando alguien te quiere sin que tengas que ganártelo.

Cómo se sana la herida de abandono

1. Nombrarla sin hacerte la culpable

El primer movimiento no es dejar de sentir: es entender de dónde viene. «Estoy sintiendo el abandono de nuevo» es una frase que ordena. Te saca del personaje de la exagerada y te devuelve al lugar de alguien con una historia.

2. Volver al cuerpo antes de escribir ese mensaje

La urgencia de contacto se siente en el pecho, en la garganta, en las manos. Antes de mandar nada, respirá exhalando más largo de lo que inhalás y esperá tres minutos. No para siempre: tres minutos. La mayoría de las veces, el pico baja.

3. Aprender a tolerar la espera

La espera es el músculo que falta. Empezá con esperas pequeñas y elegidas: no responder enseguida, dejar un mensaje sin mandar, sostener una tarde sin confirmación. Cada espera tolerada le enseña al sistema nervioso algo que no sabe: que la distancia no mata.

4. Reparar la escena vieja

En el trabajo transpersonal hay un momento en el que se vuelve a la escena original, no para cambiarla, sino para darle a la nena que quedó esperando algo que entonces no tuvo: alguien que se quede. Puede ser la mirada de la terapeuta, una imagen, una frase dicha en voz alta. Suena simple y no lo es: ahí se mueve algo muy profundo.

Una cosa más

Sanar la herida de abandono no te convierte en alguien que no necesita a nadie. Te convierte en alguien que puede necesitar sin perderse. La diferencia es enorme: se puede amar sin vigilancia, pedir sin culpa y quedarse sin quedarse presa.

Y el día que alguien se aleje de verdad, vas a poder dolértelo sin tener que correr detrás.

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