El umbral y la fiesta: un puente con el más allá que exige respeto

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

El Día de los Muertos y las primeras semanas de noviembre traen consigo un aire particular. Aunque muchas veces miramos hacia afuera y pensamos en las catrinas, el cempasúchil y el pan de muerto —una estética hermosa y muy arraigada en México—, en Argentina nuestra forma de vivir la memoria de los que ya no están suele ser más íntima, de andar por casa, de mate de por medio frente a una foto vieja en la repisa.

Recordar a nuestros muertos, prenderles una vela, armarles un pequeño rincón o dedicarles un pensamiento profundo es un acto de amor puro.

Pero desde una perspectiva espiritual seria, hay una pregunta ineludible que tenemos que hacernos antes de encender esa luz y abrir la cancha: ¿a quiénes les estamos abriendo la puerta realmente?

La gran familia invisible: no todos los que cruzan son luz

En el plano espiritual, la muerte no te transforma mágicamente en un ser de luz, ni en un ángel de la guarda, ni en un iluminado. El que en la Tierra era jodido, resentido, violento, maula o delirante, sigue siendo exactamente igual al otro lado del velo.

Por eso, la mirada espiritual nos advierte sobre una realidad de la que a veces se habla livianamente: el mundo invisible es el reflejo exacto del mundo terrenal, pero sin el filtro de la materia física.

Del otro lado están nuestros afectos, los que nos cuidaron, los que nos quisieron bien. Pero también están los perdidos, los desorientados, los obsesores, las almas turbulentas y toda esa barra brava del bajo astral que arrastra pasiones densas, vicios o malas mañas.

Jugar a convocar espíritus, abrir portales o hacer invocaciones al boleo no es una broma, ni una travesura inofensiva para pasar el rato. Es un acto de sintonía energética. Si dejamos la puerta abierta de par en par sin criterio, cualquier energía afín a nuestra vibración del momento se nos instala en la casa y en la cabeza.

¿A quién le abrimos la puerta?

La clave para no transformar un recuerdo amoroso en un dolor de cabeza —o en una pesadez constante— pasa por la calidad de nuestra invitación y de nuestra vibración.

No se convoca a «los muertos en general». Jamás se hacen llamados abiertos al aire, ni juegos de la copa, ni invocaciones indiscriminadas para ver «quién anda por ahí». Eso es regalarle la llave de tu casa a cualquier desconocido en plena madrugada.

Se honra el vínculo del afecto, no el circo. Cuando recordamos a los nuestros, la puerta se abre a través del amor genuino y el respeto. Una foto, una vela encendida con intención y una charla íntima funcionan como un faro de afecto. Y por ley de afinidad espiritual, el amor atrae a los que vibran en el amor. Los espíritus bienintencionados responden al sentimiento puro, no al morbo ni a la curiosidad.

El límite sagrado: cómo cerrar la puerta y mantener el orden

Honrar a los muertos no significa retenerlos ni meterlos en la rutina diaria. Parte fundamental del respeto y de la protección espiritual es entender que cada cosa en su lugar: los muertos tienen su evolución que continuar en su plano, y nosotros tenemos nuestra vida que transitar acá.

Si armaste un lugarcito con una vela para recordar a los tuyos, es igual de importante saber poner un punto final cuando el momento de recuerdo termina.

La intención al prender la vela: hacelo con conciencia y marcá la cancha desde el vamos. Podés decirlo internamente: «Que esta luz sea un puente de amor únicamente para mis seres queridos y guías protectores. Ninguna energía ajena o picaronera tiene permiso de entrar a este hogar».

El cierre energético: cuando sientas que el momento pasó, apagá la vela con conciencia. Visualizá cómo el espacio se pacifica, cómo el portal se cierra y cómo cada uno vuelve a su lugar en paz.

Higiene mental y emocional: la mejor defensa contra cualquier pesadez no es el miedo, sino una vibración limpia. La buena energía, la alegría sana, el orden en la casa, no andar agitando broncas ni resentimientos innecesarios actúan como un escudo natural que no deja lugar para que se te pegue ninguna energía densa.

Recordar a los que ya no están es una caricia al alma y una forma de mantenerlos vivos en nuestra historia. Pero hagámoslo con conciencia, adultez y respeto. La espiritualidad no es un divertimento de fin de semana: es el manejo de energías sutiles que no perdonan la imprudencia.

A los que amamos, un abrazo grande en el recuerdo. A los que rondan en la sombra, respeto y oración desde lejos, pero la puerta de casa y de la cabeza, bien trancada con llave.

Marcela Almazán — Terapeuta transpersonal · Arquitectura de Identidad

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