El tarot no se lee: se atraviesa
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
El tarot es un idioma. No se traduce con un diccionario: se aprende a hablarlo. Y como todo idioma vivo, no tiene una sola manera correcta de decir las cosas.
Pero antes de eso, una cosa más, y es la más importante de todas: el tarot no se lee. El tarot se atraviesa. Se atraviesa la imagen, se atraviesa el símbolo, se atraviesa el silencio. Y muchas veces es el tarot el que te atraviesa a vos.
Hay imágenes que una mira y deja atrás. Y hay otras que siguen trabajando mucho después de haber guardado las cartas.
Mi manera de leer el tarot nació ahí. No la aprendí en un curso ni repitiendo lo que decía un manual. La aprendí mirando. Me dediqué a observar las imágenes: los gestos, las manos, lo que quedaba al fondo, ese pequeño detalle que parecía no tener importancia y terminaba cambiando toda la escena.
No estudié un solo tarot. Estudié cantidades de mazos. Y cuanto más miraba, menos me alcanzaba una explicación cerrada.
Hay algo que veo seguido y quiero decir: muchas lecturas de tarot repiten, de memoria, lo terapéutico, lo evolutivo y lo predictivo. Se dice como un loro: sin haber mirado. Eso no llega al fondo de nada. El tarot no es un repertorio de frases para aplicar: es una filosofía de vida, y se lee observando.
El tarot me muestra en cada una de sus imágenes muchos símbolos. Mi curiosidad empieza cuando me pregunto qué hay detrás de eso que estoy viendo.
Tengo sesenta años. Y no llegué al tarot de grande, por curiosidad ni por moda: empecé siendo muy chica. Desde entonces no paré de mirar.
Muchos mazos, muchas maneras de decir
Cuando intento recordar todos los que estudié, siempre me queda alguno afuera. Está el Marsella de Jean Noblet, de 1650, y está el Rider-Waite, al que suelo llamar simplemente Rider. Dos maneras de dibujar un mundo que invitan a detenerse en lugares distintos.
También están el Visconti, Botticelli, Klimt, Da Vinci y Nicoletta Ceccoli. Los nombro y pienso en lo que cambia cuando cambia el lenguaje de una imagen: el color, la proporción de un cuerpo, la distancia entre una figura y otra. No miro igual una escena solemne que una que parece salida de un sueño.
Con 78 Puertas, Nueva Visión y After Tarot, hasta los nombres me invitan a cambiar de posición: mirar un umbral, buscar otro ángulo, pensar qué queda fuera del instante dibujado. Con Madre Paz, Cartas de Diosas y sus símbolos, o Pride Tarot, para personas LGBTQ+, aparecen otras representaciones en las que detener la mirada.
Podría seguir: Egipcio, Celta, Rúnico, Maya; Gold Foil, Arcoíris, Cristal; Manara, Tarot de la Magia Sexual, Night Sun. Y el tarot Jung, además de los oráculos de Arcángeles y el Oráculo de Mujeres, que tienen sus propios lenguajes. No confundo todos esos sistemas, pero mi curiosidad tampoco se detiene en sus fronteras.
Me quedo corta porque me falta por lo menos 100 tarot más.
No es una cuenta para demostrar cuánto sé. Es la forma más sencilla de contar cuánto miré. Como quien aprende idiomas y descubre que una misma experiencia humana puede decirse de muchas maneras.
El mismo símbolo aparece con otra ropa. Y esa ropa también habla.
Lo que aparece cuando me quedo mirando
Una puerta no es solamente un rectángulo en una pared. Me detengo en si está abierta, en quién se quedó afuera, en si alguien parece querer entrar. No decido de antemano qué significa: miro qué está pasando alrededor.
Eso me enseñaron las imágenes. Un símbolo no vive aislado. Vive en relación.
Lo encuentro viajando entre culturas y siglos, aunque no suponga que significa exactamente lo mismo en todos lados. Una figura que protege, una sombra que inquieta, alguien que se aleja: cambian los escenarios y encuentro preguntas humanas que siguen ahí.
Y a eso le sumé otros estudios que, para mí, van con el tarot de la mano: mitología, leyendas y religiones comparadas. Porque el tarot no se puede leer con el librito. El librito te da una definición; la imagen te pide otra cosa. Si no sabés qué era ese barquero, qué era ese río, qué se cruzaba hacia el otro lado, la carta queda a mitad de camino.
Cada imagen del tarot representa un mito, una leyenda, un arquetipo. Por eso, además de la historia, hay que ver qué símbolos hay ahí adentro: qué objetos, qué gestos, quién está y quién no está en la escena.
A todo eso le sumé lo leído de Jung. Sus libros me dieron palabras para conversar con lo que observaba. Los arquetipos me ayudaron a pensar esas formas profundas de la experiencia que toman rostros distintos. El inconsciente colectivo, a imaginar un fondo compartido que no empieza ni termina en mi historia personal.
Y la sincronicidad me acercó a esas coincidencias que adquieren sentido para quien las vive, sin que una cosa tenga que haber causado la otra. No necesito convertirlas en órdenes del universo. Me interesa qué permiten reconocer.
Leo, observo, vuelvo a mirar. Mi curiosidad por los símbolos y por lo que está oculto detrás de una información no se termina con una respuesta.
Una imagen, no una sentencia
Por eso puedo leer el tarot desde cualquier ángulo y con cualquier mazo, sin hacer referencia a lo que dicen los manuales. Mi punto de partida es la imagen que tengo delante y la persona que está conmigo.
Yo no adivino.
Si le doy a una carta un significado fijo y lo aplico a tu vida sin escucharte, para mí eso es adivinar. Estoy suponiendo que ya sé lo que te pasa antes de que puedas contármelo.
Prefiero dejar espacio. Miro la escena y registro lo que despierta. El cuerpo funciona como una antena: una tensión en los hombros, la respiración que se acorta, una sensación de alivio. No tomo esas sensaciones como pruebas sobre tu vida. Las escucho y pregunto.
La lectura es un espejo que ayuda a ordenar. A veces acerca una palabra para algo que estaba mezclado con muchas otras cosas. No anuncia lo que viene ni decide por vos.
Yo canalizo
Y hay algo que quiero decir con todas las letras, porque es lo que realmente pasa cuando hago una lectura: yo canalizo.
No armo la lectura con definiciones guardadas. Canalizo información: la recibo mientras miro la carta, mientras te escucho, mientras hablamos. A veces no sé bien qué estoy canalizando; igual lo digo y lo dejo pasar.
Lo asombroso es lo que ocurre del otro lado. Vos me escuchás, y en algún momento algo encaja. No en la carta: en tu vida. En eso que yo llamo tu propio tetris: la forma en que están acomodadas tus piezas, tus historias, tus decisiones. Eso que canalizo entra ahí y hace clic. Muchas veces el asombro es tuyo, y yo solo estoy diciendo en voz alta lo que llega.
Hay dos juegos que explican mejor que cualquier teoría lo que me pasa cuando leo. Uno es el tetris: piezas que buscan su lugar. El otro es el cubik, el cubo de colores: no hay una sola manera de girarlo, y sin embargo en algún momento cada color encuentra su cara.
Con el tarot me pasa eso. Miro la carta, se acomoda una imagen en mi mente, y esa imagen empieza a girar: para un lado, para el otro, hasta que —¡tum!— encuentro el mensaje. No lo saco a la fuerza. Se ordena solo, como el cubo cuando por fin cada color queda donde va.
No hace falta que yo sepa de antemano dónde va a encajar. Es más: cuando quiero explicarlo demasiado, estorbo. Mi tarea es mantener la antena limpia y decir con honestidad lo que percibo; la tuya es reconocer qué de eso es realmente tuyo.
El Seis de Espadas: la barca, el barquero y el punto que te llama
Para mostrarte cómo trabajo, tomo el Seis de Espadas. En la imagen hay una barca que cruza el agua; adentro van figuras sentadas —una parece una criatura, y según quién mire puede ser un perro también— y seis espadas clavadas en el borde. El agua no está quieta. Se adivinan dos orillas.
Antes de decir nada, me quedo ahí.
Y acá entra todo lo demás que estudié. Porque mirar esta carta sin mitología es leerla a medias: ¿quién es el que cruza el agua? ¿Qué era, en los relatos antiguos, ese barquero que pasa a los que ya no vuelven? ¿Qué se deja atrás y qué se lleva? ¿Hacia dónde va esa barca?
Los mitos contaron muchas veces esa escena: el río, el pasaje, el que conduce. El tarot la vuelve a poner delante, en pequeño, sobre la mesa, entre vos y yo.
Después miro los símbolos, uno por uno: ¿hay una barca? Sí. ¿Qué más hay? Una persona. Una persona sentada. Seis espadas. Agua. Dos orillas. Cada elemento tiene su propia memoria y su propio peso.
Y después viene lo que, para mí, diferencia una lectura viva de una lectura de manual.
Yo no leo la carta entera. Leo el punto donde mi vista se fija.
Cuando miro una carta no me importa todo al mismo tiempo: hay un elemento que me llama. Puede ser una mano, un color, una espada, la cara de una figura. Me quedo ahí. Y en el momento en que fijo la vista en un solo símbolo, empiezo a canalizar qué significa eso, ahí, con esa persona que tengo enfrente.
Es exactamente lo que me pasó con la foto del avión de Miami: no me llamó la atención el accidente. Me llamó la atención el número 1997. Así leo el tarot yo. No abarco la escena completa: me detengo en el punto que me llama.
Entonces te pregunto: ¿qué te llama a vos?
Si tu mirada se queda en el barquero, podemos preguntarnos quién conduce hoy tu cruce, y si esa conducción es tuya o la delegaste. Si se queda en el agua, qué estás atravesando. Si se queda en las espadas, qué estás cargando para no dejarlo atrás. Si se queda en la orilla de enfrente, hacia dónde querés ir.
No concluyo que vas a mudarte ni que alguien se va a morir. El ejemplo termina con una pregunta abierta, porque la vida que estamos mirando es la tuya.
El potencial mayor del tarot
Hay algo más que quiero decir, y lo digo con respeto por todos los que estudian y enseñan esto: en los congresos y en las redes se sigue mostrando la cartita de arriba, la cartita de abajo, la combinación, la posición. Y está bien empezar por ahí. Pero me parece que todavía no se descubrió el potencial mayor del tarot.
Porque el tarot no se lee igual desde cualquier nivel de conciencia. Si el nivel es bajo, la lectura se queda en la adivinación: decir lo que va a pasar, alimentar el miedo, dejar a la persona esperando de afuera lo que le toca decidir. Ahí el tarot se vuelve un oráculo de dependencia y hasta un uso oscuro.
Si el nivel es alto, pasa otra cosa: dejás de leer el tarot y empezás a leer símbolos. Leés los códigos que están en todas partes. Como me pasó con la foto del avión de Miami: no me llamó la atención el accidente, me llamó la atención el 1997. Eso también es leer. Y la carta, entonces, deja de ser un pronóstico: se convierte en una puerta.
Lo que todavía puedo ver
Y quiero decir algo más, con todo el respeto por mis colegas: lo que yo hago no es lo que hace todo el mundo. No repito un método de manual ni interpreto con definiciones guardadas. Leo desde la imagen, desde el mito, desde el símbolo y desde lo que canalizo, en el momento, con la persona que tengo enfrente. Por eso puedo leer con cualquier mazo y desde cualquier ángulo.
Para mí, el tarot es un método de trascendencia de la mente: una manera de salir, por un momento, de la explicación que repito y permitir que aparezca otra perspectiva.
Cuando hablo de conciencia infinita, hablo de esa apertura. No de saberlo todo, sino de no dar por terminado lo que puedo comprender.
Sigo mirando porque siempre puede haber un detalle que no vi. Y porque reconocer algo de mí tiene sentido si después puedo vivirlo de otra manera, con más conciencia de lo que elijo.
Lo que se sana no se repite.
—
Todo esto lo vengo escribiendo hace años. Mi libro Códigos del Inconsciente ya va por su cuarta edición, y también está en Constelando el alma con arquetipos, Tarot y Sensualidad en la vida y en los negocios y Tus Imágenes Internas. Ahí hablo de esto con más tiempo y más espacio.
Y si algo de todo esto te despertó ganas —aprender a mirar los símbolos, leer el tarot, entender el territorio donde vivís—, escribime. Hace casi toda mi vida que hago esto, y sigo estudiando todos los días: doy clases, hago lecturas y acompaño procesos. Podés empezar por donde quieras.
Y te dejo una pregunta, porque me interesa de verdad: ¿y vos qué libro estás leyendo?
Mis libros y mis clases los encontrás acá: https://marcealmazan.mitiendanube.com