El poncho, el poder y la herida: los dos movimientos de un mismo gesto
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·
(Una reflexión profunda y sistémica sobre el reclamo de visibilidad, la memoria de los pueblos originarios y el lugar del reconocimiento)
Introducción: el pulso de una contradicción
En el corazón de Traslasierra, Córdoba, un hecho artesanal volvió a encender una pregunta incómoda. Erik Rojas, un joven de 28 años perteneciente a una comunidad comechingona, invirtió ocho meses de su vida —esquilando, hilando, tiñendo con tintes naturales— en tejer un poncho destinado a ser entregado a la máxima autoridad de la Iglesia Católica en el marco de una visita protocolar.
El hecho, impulsado institucionalmente por el Gobierno provincial, pone en escena un ritual antiguo: el artesano que entrega su obra al poder central. Sin embargo, detrás de la imagen oficial, se activa un eco histórico marcado por la colonización, la imposición religiosa y el despojo sistemático de los pueblos originarios.
Ante esto, la incomodidad no tarda en aparecer: ¿Qué hay en el fondo de este reclamo de visibilidad? ¿Por qué se busca la mirada del lugar que dañó?
Al observar este gesto con conciencia sistémica y sin juicios morales apresurados, descubrimos que no hay una única lectura simple, sino dos movimientos distintos conviviendo en el mismo acto.
Primer movimiento: la intrincación y el lugar del suplicante
El primer movimiento es el de la intrincación sistémica. Cuando un colectivo o una persona ha sido profundamente dañada por una institución o un sistema de poder, el vínculo no se disuelve: se hereda. Y en esa herencia invisible, la jerarquía se distorsiona.
Al pedirle a la institución que “vuelva a mirar”, se corre el riesgo de devolverle a la Iglesia el lugar del padre simbólico: aquel que tiene el poder soberano de conceder o negar la existencia con su mirada.
Este movimiento produce una inversión dramática del orden sistémico:
- El victimario, que es quien carga con la deuda histórica de reparación, queda ubicado arriba, en el rol del dador que otorga legitimidad.
- El dañado queda situado abajo, en la posición del suplicante que pide ser visto.
Allí opera la intrincación: el sujeto castigado se identifica, involuntariamente, con el lugar que la matriz colonial le asignó durante siglos —el de un objeto que espera ser mirado, en lugar del de un sujeto pleno con derechos irrevocables—.
Segundo movimiento: el acto político y la estrategia del territorio
Pero reducir el gesto únicamente a una intrincación sería ignorar la otra fuerza que opera en el mismo instante: el acto político y la afirmación de la existencia.
En sus declaraciones, el artesano no habla desde el sometimiento ni desde el silencio. Habla de la preservación de un oficio ancestral que se pierde, de la necesidad de valoración económica y cultural de la artesanía y, fundamentalmente, pronuncia una verdad territorial innegociable: «No solamente hemos habitado, sino que habitamos hasta la actualidad este territorio».
Eso no es súplica: es un reclamo de lugar. En este segundo movimiento no hay intrincación, sino una lucidez táctica. Ante la falta de escenarios públicos de alcance masivo, la visita del poder central se convierte en una vidriera instrumental, un megáfono utilizado para disputar sentido y afirmar que la comunidad sigue viva y produciendo valor en su propio suelo.
La clave sistémica: ¿desde dónde se pide?
La diferencia entre la intrincación y la estrategia no radica en el acto de pedir en sí mismo, sino en la posición interna desde la que se realiza la acción:
- Desde la posición del hijo (intrincación): «Mírame, valida mi existencia, dime que valgo».
- Desde la posición del adulto (soberanía y reclamo): «Tenés una deuda histórica con nosotros, y acá estamos: existiendo, resistiendo y habitando».
Mientras que la posición del hijo perpetúa la dependencia del reconocimiento externo, la posición del adulto nombra la realidad sin arrodillar la dignidad.
Conclusión: salir de la trampa del reconocimiento
Este análisis nos permite comprender dónde se encuentra la verdadera salida del nudo sistémico. Lo que saca a un pueblo de la intrincación colonial no es que la institución que lo dañó finalmente lo mire o le otorgue una venia protocolar.
La sanación del orden roto ocurre por dos movimientos definitivos:
- El reconocimiento propio: que la validación fundamental venga de los pares, de la propia comunidad, de la tierra habitada y del oficio recuperado.
- La restitución del orden: que la deuda histórica quede donde pertenece —en la responsabilidad de la institución y del Estado—, sin que el agredido tenga que pagar con su arte o su tiempo para obtener el derecho a ser escuchado.
El ruido que produce esta escena no es un error de apreciación; es una brújula ética activa. Nos recuerda que la verdadera equidad no se alcanza mendigando la mirada del poder, sino ocupando el territorio con la certeza de que la dignidad y la historia viva no necesitan la bendición de ningún victimario.