¿El Ministerio de las Constelaciones?

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

El Ministerio de las Constelaciones

Entre la ética del servicio, la burocracia del «supervisor» y la terapia exprés de 10 dólares.

En las últimas dos décadas, las terapias sistémicas sufrieron una doble distorsión: por un lado, una pirámide burocrática al mejor estilo del «Ministerio del Secretario»; por el otro, la venta en línea de diplomas exprés por 10 dólares y «fichas para constelar». Entre el peligro de encasillar la realidad —como cuando Freud contagió al mundo con el Complejo de Edipo— y la resistencia de las redes gratuitas entre pares, analizamos la crisis del bienestar emocional.

Hace más de veinte años, cuando las constelaciones familiares empezaron a expandirse, la supervisión era algo simple, directo y casi artesanal. Se trataba de dos o tres profesionales sentados compartiendo impresiones sobre un caso complejo, para cuidar la salud emocional del consultante y no lastimar a nadie. Punto.

Hoy, si uno se asoma al circuito oficial de las terapias sistémicas, se encuentra con una insólita paradoja que oscila entre dos extremos ridículos: la megaburocracia cara y el mercadillo exprés de 10 dólares.

Del «Ministerio de la Supervisión» al diploma por WhatsApp

Por un lado, la vertiente institucional se parece sospechosamente a la estructura estatal de un país del Tercer Mundo. Existe el Ministerio de la Supervisión, del cual depende la Secretaría del Campo Sistémico, que a su vez coordina con la Subsecretaría de Acreditaciones, atendida por el Secretario Adjunto, el Subsecretario del Secretario, el Chofer del Secretario, el Chofer del Secretario Adjunto… y hasta el perro del chofer cobra viáticos para autorizarte a mirar el caso. Una cadena larguísima y ridícula donde todos cobran peajes en dólares.

Pero en la otra vereda, la locura es aún peor: la «fast-foodización» del acompañamiento emocional.

Hoy se venden por internet «guías del facilitador» y fichas paso a paso como si fueran recetas de cocina para armar un mueble de pino. Peor aún: por 10 o 16 dólares podés comprar un curso compuesto por cinco minivideos de cuatro minutos y, al finalizar la reproducción, la plataforma te emite un flamante «Certificado Internacional de Constelador Sistémico». Veinte minutos de video y ya estás habilitado en la web para revolver las emociones y la historia familiar de la gente.

El «Efecto Freud» y la trampa de la receta

Tanto el manual rígido del «Gran Supervisor» como las fichas exprés de 10 dólares comparten la misma trampa: la pérdida de la mirada limpia y la falta de empatía hacia la salud emocional del otro.

A principios del siglo XX, Sigmund Freud formuló el Complejo de Edipo y, de la noche a la mañana, pareció contagiar a toda la humanidad. La teoría era tan abrumadora que los analistas dejaron de escuchar lo que la persona sentía, para encajarla a la fuerza en el molde edípico.

En el mundo actual ocurre lo mismo. El que trabaja con fichas de «paso 1, paso 2» o el que está aterrado por salirse del manual del supervisor «oficial», no está mirando a la persona que tiene enfrente. Está aplicando un algoritmo ciego. Termina viendo «lealtades invisibles» o «exclusiones» de manual donde quizás hay un proceso emocional totalmente distinto.

La respuesta real: redes horizontales y gratuitas

Entre la burocracia extractiva de los diplomados de elite y el fraude de los diplomas de 10 dólares, la verdadera ética y el compromiso con el bienestar emocional están resistiendo en la clandestinidad del sentido común.

Hoy en día, miles de terapeutas serios —de regresiones, descodificación, transpersonal u holísticos— se organizan en comunidades horizontales. Grupos de pares donde los profesionales vuelcan sus dudas con humildad, se apoyan mutuamente ante un caso difícil y se ayudan de manera totalmente gratuita y colaborativa.

Allí no hay «supervisores del supervisor», no hay secretarios, no hay fichas mágicas de venta online ni facturas. Hay solidaridad profesional, diversidad de miradas y un deseo genuino de acompañar la salud emocional de las personas sin dañarlas.

La ética no se compra en cuotas, no se baja en un PDF de 10 dólares ni se valida con un sello en la pared; la ética se ejerce en la honestidad de decir «hasta aquí llegan mis herramientas», en la capacidad de pedir ayuda a los pares y en el respeto sagrado por el universo emocional del otro, libre de dogmas, de recetas y de burocracias.

Lectura simbólica de autoconocimiento. No constituye terapia, diagnóstico ni tratamiento.

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