El Mago y el encantador de serpientes

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026

Desmitificando el tarotNotas y Artículos

Todos conocemos a alguien así.

Alguien que habla, y vos te quedás escuchando. Que te muestra un camino tan lindo que te dan ganas de creerle. Y que, mientras te lo muestra, te va sacando algo: la plata, el tiempo, la energía, las ganas.

Acá le decimos «el que te emboba». Los griegos, hace dos mil quinientos años, le decían «mago».

Y el tarot tiene una carta para eso.

Yo la vi muchísimas veces. En consulta, en la mesa de un domingo, en familias enteras. Y es siempre la misma escena: hay alguien que sabe… y alguien que dejó de preguntar.

Porque el Mago no es el que hace desaparecer un pañuelo. El Mago es el que hace desaparecer tu duda.

Y hoy te quiero contar de esa carta algo que casi nadie cuenta.

Primero: lo que dice el librito

Si buscás «el Mago» en cualquier librito de tarot, te van a decir esto:

«Poder personal. Voluntad. Talento. Sos capaz. Tenés las herramientas. Podés.»

Y no está mal.

Pero es poquísimo. Es como describir a una persona diciendo «tiene dos manos.»

El librito te dice qué es el Mago. Y no te dice nada de lo que el Mago te puede hacer.

Segundo: la carta se llamaba «la ilusión»

Esto me voló la cabeza cuando lo descubrí.

En el tarot viejo —el de Marsella, el de hace trescientos años— esta carta no se llama «el Mago». Se llama «el Bateleur»: el prestidigitador. El que hacía juegos en la plaza.

Y el nombre viene de una palabra, bagatella, que significa dos cosas: «ilusión» y «cosa de poco valor».

La carta del Mago se llamaba «la ilusión».

Ahí ya está todo dicho, ¿no?

Y arriba de la mesa tiene cuatro cosas: la varita, la copa, la espada y la moneda. Las tiene todas. La pregunta no es si puede. La pregunta es para qué las va a usar.

Y hay algo más en la mesa, que casi nadie mira: los dados. El Bateleur jugaba con dados. Y los dados son el azar y la trampa al mismo tiempo. Porque el que tira los dados puede hacer dos cosas: confiar en la suerte… o cargarlos.

El Mago juega. Y te hace creer que es magia. Pero son dados.

Tercero: el encantador de serpientes

El Mago es un encantador de serpientes.

Toca la flauta, y la serpiente baila. Y todos miran al que toca. Nadie mira a la serpiente.

Pensalo un segundo: ¿quién tiene el poder? ¿El que toca, o el que baila?

Es inteligente. Muy inteligente. Te puede dar vuelta como una media. Y lo hace con algo que no se ve: la palabra.

No te ata. No te empuja. No te obliga.

Te emboba.

Y después pasa lo que pasa:

Te muestra un camino maravilloso. Te saca el dinero. Y cuando querés salir, ya estás enroscado.

Porque no te ata de una: te va enroscando. Y cuando te querés dar cuenta, no encontrás la salida.

Tiene todas las herramientas. Por eso es el gran mago de la mentira.

Cuarto: un día le cambiaron la cara

Y esto es lo que más me enoja, y por eso lo cuento.

En el Marsella, el Mago es el prestidigitador de la plaza: chico, joven, con los dados en la mesa, mirando de costado, metido en su juego. No te mira: está en el truco.

En el Rider (el mazo de 1909, el que casi todos tenemos), el Mago es enorme, erguido, parado en un jardín con rosas y lirios — como un altar — y te mira de frente.

¿Y para qué lo cambiaron?

Le sacaron el engaño de la carta. Los dados, la plaza, el juego, el nombre («la ilusión»)… todo eso desapareció. Y lo convirtieron en un sacerdote de la verdad.

Y acá viene lo fuerte:

La carta del embaucador fue «limpiada» para que no pareciera un embaucador.

¿Y te das cuenta de lo que hicieron?

Hicieron exactamente lo que hace un mago: cambiarte lo que ves.

La carta que hablaba del engaño… ahora esconde el suyo.

Quinto: los grandes ya lo sabían

No es una teoría mía. Lo vieron hace siglos.

Gorgias, un griego, dijo que la palabra es un «poderoso señor»: hace lo que quiere con el alma del que la escucha. Aristóteles escribió el manual: ethos, pathos y logos — el arte de persuadir. Y Platón usaba la palabra «mago» para descalificar. La pelea sigue hasta hoy.

Y en los mitos, fijate: Hermes —Mercurio para los romanos— era el dios de los mensajes… y de los ladrones. El mismo dios. De ahí viene todo: el dios de la palabra es también el dios de los ladrones. El poder y el engaño nacieron juntos.

Y en la literatura, buscá: Merlín, Fausto, Próspero, Gandalf, Circe, Ulises… El Mago de Oz — que era un fraude y aun así ayudó. Y Jung estudió a su sombra: el embaucador, el que rompe las reglas y se ríe.

El mago que no ves es el que te maneja.

Y no es teoría: mirá quiénes fueron magos

Einstein fue un mago. El mago de la cabeza: vio lo que nadie veía, cuando nadie lo veía.

Freddie Mercury fue un mago. El mago del escenario: entraba a un estadio y lo convertía en una sola voz.

Y Jim Jones, el de Guyana, también fue un mago. El mismo poder, dado vuelta: un hombre que hablaba, y su gente hacía lo que él decía. Todos juntos. Hasta las últimas consecuencias.

Y hay miles más: gurúes, vendedores de soluciones, líderes de grupos cerrados, el que te promete una vida mejor si le entregás la tuya.

Mirá lo que tienen en común: los tres captaron la atención de miles de personas. Los tres cambiaron lo que la gente pensaba. Los tres tenían el mismo poder.

La diferencia no está en el poder: está en para qué.

Y dos más, para que veas los dos extremos:

Y te digo cuál es el más peligroso de todos:

No es el que grita. Es el que te hace sentir especial.

Porque el que te hace sentir especial te saca el criterio sin que te des cuenta.

Y ahora bajémoslo a tu casa

Porque esto no pasa solo con gurúes y con estafadores de película.

En toda familia hay un Mago. Alguien que «sabe». Que maneja la información. Que convence. Que tiene el don. Que arregla todo. Que habla bien.

Puede ser tu padre. Tu madre. Tu hermano. Tu pareja. O vos.

Puede ser:

Y hay una pregunta que ordena todo:

¿En tu familia, el que sabía usaba el poder para servir… o para que le sirvan?

Y ahora, tres preguntas para vos

No las leas rápido.

1. ¿A quién le entregaste tu criterio? ¿Quién te dijo que él tenía la respuesta y vos no?

2. ¿Dónde dejaste de preguntar? ¿En qué tema tuyo ya no discutís, ya no dudás, ya no pensás?

3. ¿Qué hacés con tu propio poder? Porque el Mago no es solo el otro. El Mago también sos vos.

Y la parte incómoda

Te la digo porque te la tengo que decir.

Todos tenemos nuestra varita. Todos convencimos a alguien alguna vez. Todos usamos la palabra para conseguir algo. Todos tuvimos un momento en que nos gustó más ganar que tener razón.

Y el Mago no se sana renunciando a su inteligencia. Se sana usándola de frente.

Y ojo con esto, que es lo que más me importa:

El Mago no copia: crea. Con las mismas cuatro herramientas, una persona puede levantar una vida maravillosa… o puede construir algo monstruoso. Puede crear una casa, una obra, una cura. Y puede crear una secta, una estafa, una guerra.

Es el mismo poder. El Mago no crea cosas buenas ni malas: crea lo que decide crear.

Por eso esta carta es tan peligrosa y tan hermosa al mismo tiempo: te pone delante de tu propia decisión.

Para cerrar

No hay que tenerle miedo al Mago. Hay que saber con qué mano trabaja.

Porque el Mago no es el que hace trucos. El Mago es el que sabe qué hacer con el poder.

Y si la carta la vivís bien, el final es el de Próspero: usás toda tu magia… y después la soltás.

Porque el que necesita público, todavía no es mago. Es ilusionista.

Para inscripciones al taller de tarot: mandame un mail.

← Volver a Mi Revista

✆