Nepal bajo el agua: la tristeza por el planeta que no te animás a sentir
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
Nepal bajo el agua: la tristeza por el planeta que no te animás a sentir
Cientos de muertos, miles de desaparecidos, obreros atrapados en túneles llenos de barro después del colapso de un glaciar. Las inundaciones en Nepal son la noticia del día, y vas a ver los titulares, los mapas, los números. Pero hay una reacción que se repite en miles de personas y que casi nadie nombra: una tristeza honda, difusa, sin lugar donde apoyarse. No es por Nepal. Es por todos.
Ecoansiedad: el nombre de lo que sentís
La ecoansiedad es esa sensación de angustia, culpa o desesperanza frente a la crisis climática. No es una enfermedad: es una respuesta sana de una persona sensible a un planeta herido. El problema no es sentirla. El problema es lo que hacemos con ella cuando no tiene nombre ni espacio.
En el consultorio aparece disfrazada de muchas cosas:
- Insomnio después de ver noticias del clima.
- Culpa por no reciclar, por el aire acondicionado, por el auto.
- Esa frase que escucho tanto: «no quiero traer hijos a este mundo».
- La sensación de que todo esfuerzo es inútil.
La Tierra como ser vivo: una mirada transpersonal
Desde la psicología transpersonal, la Tierra no es un recurso: es un organismo vivo, y nosotros somos parte de su cuerpo. Cuando Nepal se inunda, algo en nosotros se inunda. Cuando un glaciar colapsa, algo milenario en nuestra memoria se derrumba. No es poesía: es que nuestra psiquis evolucionó en conexión con la naturaleza, y esa conexión sigue viva aunque la tapemos con asfalto y pantallas.
Llorar por el planeta no es de débiles: es la prueba de que todavía estás conectado.
El dolor que no se nombra se pudre
Hay un duelo colectivo por el mundo que se está perdiendo: los inviernos con nieve, los ríos limpios, las especies que se extinguen, el futuro que imaginábamos para los chicos. Es un duelo real, y como todo duelo, necesita ser atravesado. Si lo negás («no mires, que te amargás») o lo racionalizás («total ya no hay nada que hacer»), ese dolor no desaparece: se convierte en cinismo, en apatía, en ese apagón emocional que después nos impide disfrutar de lo simple.
Del dolor a la acción sagrada
La buena noticia es que el duelo ecológico, bien transitado, tiene salida. Y no pasa por la desesperación ni por el activismo frenético. Pasa por tres movimientos:
- Sentir sin juicio. Date permiso de estar triste por Nepal, por los túneles, por el hielo que ya no vuelve. La tristeza compartida es la forma más profunda de empatía.
- Volver a tocar la tierra. Plantá, caminá por el pasto, mirá un árbol diez minutos. La reconexión con lo vivo no es un lujo hippie: es medicina para el sistema nervioso.
- Actuar en lo cercano. No vas a salvar el glaciar, pero podés compostar, consumir menos, cuidar un espacio verde de tu barrio. La acción chica, repetida, es la única que existe.
El lado B de la noticia
Todos van a hablar de cifras, de ayuda humanitaria, de cambio climático como dato estadístico. El lado B es este: el planeta no necesita que miremos los números, necesita que sintamos el vínculo. Porque solo se cuida lo que se ama, y solo se ama lo que se siente.
Nepal hoy, y mañana la noticia será otra. Pero la pregunta va a quedar: ¿qué hacés con esa tristeza que sentís por el mundo? Si la negás, te apaga. Si la atravesás, te despierta. Y un ser humano despierto es la única esperanza que tiene la Tierra.
Si la ecoansiedad te está pesando y no sabés dónde ponerla, conversemos. Hay un espacio terapéutico para este duelo, y es más profundo y sanador de lo que imaginás.