Día del Inmigrante: el lado B del desarraigo que cargás sin saberlo
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
Día del Inmigrante: el lado B del desarraigo que cargás sin saberlo
Hoy, 4 de septiembre, Argentina celebra el Día Nacional del Inmigrante. Vamos a hablar de los que vinieron en barco, de los que cruzaron la frontera con una valija, de los que se arrancaron de su tierra y de su idioma para empezar de cero en un país que no los esperaba con flores.
Pero yo quiero hablar de otra cosa. Del lado B de ser inmigrante. De esa sensación que se hereda y que no aparece en los discursos: la de no sentirte de ningún lado.
Un país hecho de despedidas
Argentina es un país de inmigrantes. Casi todos tenemos un abuelo, una bisabuela, un tatarabuelo que un día se subió a un barco y dejó todo: la casa, la madre, el pueblo, la lengua. Se fue con la ilusión de volver, y la mayoría no volvió nunca.
Esa despedida no terminó en el puerto. Siguió adentro de cada familia como un silencio, como una nostalgia sin nombre, como una foto borrosa en la pared. Y las emociones no elaboradas no desaparecen: se heredan.
Por eso hoy, más de cien años después, hay personas que no pueden explicar por qué sienten una melancolía que no les corresponde, por qué les cuesta echar raíces, por qué se mudan cada dos años, por qué se sienten extranjeras en su propia familia.
El desarraigo que no se ve
El desarraigo no es solo geográfico. Hay miles de formas de ser inmigrante sin moverte de tu barrio:
- Sentirte de afuera en las reuniones familiares, como si hablaras otro idioma.
- No poder quedarte quieta en ningún lugar: siempre con la valija mental lista.
- Cambiar de ciudad, de trabajo, de pareja, buscando un lugar al que por fin pertenecer.
- Sentir que nadie te entiende, ni siquiera quienes más te quieren.
- Tener miedo de que te vean de verdad, porque en el fondo creés que «no sos de acá».
¿Te suena? Entonces también sos parte de esta historia. La historia del que se fue. O del que se quedó, pero con el corazón en otro lado.
La pertenencia es un trabajo interior
En terapia veo esto todos los días: personas exitosas, queridas, rodeadas de gente, que adentro se sienten como la nieta del inmigrante que miraba el puerto: siempre a punto de irse.
Porque la pertenencia no se compra ni se hereda ni se consigue mudándote. La pertenencia se construye. Y empieza por un gesto contracultural: permitirte echar raíces. Elegir un lugar, una casa, un vínculo, y decir «acá me quedo, acá soy, acá pertenezco».
Tres preguntas para tu árbol
Si sentís que el desarraigo te atraviesa, te propongo tres preguntas para hacer en silencio:
1. ¿Quién se fue en tu familia?
¿Qué historia de partida, de exilio o de despedida se repite en tu árbol? Nombrarla es empezar a mirarla.
2. ¿Qué despedida quedó sin llorar?
Muchas veces no lloramos a los que se fueron porque la familia siguió adelante «como si nada». El duelo migratorio es real y merece sus lágrimas.
3. ¿Dónde te permitís pertenecer?
No te pregunto dónde naciste. Te pregunto dónde te sentís en casa. Y si la respuesta es «en ningún lado», quizás sea el momento de empezar a construir ese lugar.
Uno no es solo de donde nace: es de donde elige echar raíces. Y a veces, la patria que hay que conquistar está adentro.
Artículos relacionados
- Qué es la reconstrucción identitaria: guía para mujeres
- El lado B de Malvinas: la herida que Argentina no termina de llorar
- El lado B del regreso de Harry y Meghan: volver al origen sin rendirse
Si el desarraigo es tu historia, no la vivas en silencio. Escribime y trabajemos juntas para que puedas, por fin, sentirte en casa.