Hoy está en todos lados: el verano, la ropa que no entra, el filtro de Instagram que te hace parecer «mejor», las rutinas de ejercicio que prometen un cuerpo que no es el tuyo. Y vos te mirás al espejo y sentís bronca. O tristeza. O esa cosa rara que no tiene nombre pero que duele. Pero acá va la verdad incómoda que nadie te está diciendo: no odiás tu cuerpo. Odiás la imagen que alguien más construyó para vos.
Y ese alguien puede ser tu mamá, tu primera pareja, los comerciales de los 90, o ese algoritmo que sabe exactamente qué mostrarle a tu inseguridad. Pero no es tuyo. Nunca lo fue.
¿Cuánto de lo que sentís cuando te mirás al espejo es realmente tuyo, y cuánto es eco de una voz que escuchaste mil veces?
En terapia transpersonal llamamos a esto la herida narcisista de no ser suficiente. No es que vos seas narcisista en el sentido de creerte más que nadie. La herida es otra: te enseñaron que tu valor está afuera, en cómo te ven, en si encajás, en si tu panza es plana o tus piernas «tonificadas». Y esa mirada ajena, con el tiempo, se vuelve tu voz interna. Te juzgás exactamente igual que te juzgaron.
El problema es que esa jueza es implacable. Nunca está conforme. Porque no fue diseñada para que te ames: fue diseñada para que consumas. Una crema, un gimnasio, un retiro de ayuno, una cirugía. Siempre falta algo.
Y el hambre que sentís –esa urgencia por cambiar algo de tu cuerpo– no siempre es hambre real. Muchas veces es hambre emocional disfrazada de disciplina estética.
Cuando es hambre real, el cuerpo te pide alimento. Simple. Pero cuando es hambre emocional, el cuerpo te piede algo más: aprobación, control, pertenencia. Y vos se lo das con dietas, restricciones, o al revés, con atracones de lo que «no deberías» comer.
No se trata de prohibirte. Se trata de preguntarte: ¿qué estoy tratando de llenar realmente? Porque el plato vacío no se llena con comida si lo que está vacío es la autoestima.
Como explico en mi artículo sobre las heridas de la infancia que afectan tu vida adulta, muchas veces la relación con el cuerpo empieza mucho antes de que tengamos consciencia de eso. Es la madre que criticaba su propio cuerpo, el padre que hacía comentarios, la sociedad que te dijo «así sí, así no».
Los estándares cambian. En los 90 tenía que ser flaca pero con curvas. En los 2000, skinny. Hoy se habla de «body positive» pero el algoritmo sigue premiando cuerpos editados. No importa cuánto cambie el discurso: siempre hay un ideal que te deja afuera. Porque el negocio no es que te gustes: es que nunca te gustes del todo.
Y vos te pasaste años tratando de cumplir con un estándar que ni siquiera existe en la realidad. Es un espejismo. Y te peleás con un reflejo que nunca fue el tuyo.
¿Qué pasaría si dejaras de pelear con el espejo y empezaras a preguntarte quién puso ese espejo ahí?
No te voy a pedir que te ames incondicionalmente de un día para el otro. Eso no funciona y lo sabés. Pero sí te pido que empieces a desconfiar de tu propia mirada. Que cuando sientas eso que sentís frente al espejo, te preguntes: ¿esto es mío o es prestado?
Comencé a hablar de esto cuando trabajé el tema de encontrar propósito después de los 40, porque muchas mujeres llegan a esa edad y se dan cuenta de que vivieron décadas tratando de ser «suficientemente lindas» en lugar de ser simplemente ellas. Es agotador.
La salida no está en una nueva dieta. Está en desarmar el juez interno. En aprender a escuchar tu hambre real –la del cuerpo, no la de la aprobación– y en dejar de medir tu valor en kilos, talles o likes.
Porque cuando te acostumbrás a odiarte, el cuerpo se vuelve un enemigo. Y eso te da una sensación de control: si logro cambiarlo, voy a estar bien. Pero nunca lo lográs del todo, porque la meta se mueve. El estándar cambia. Y vos quedás siempre en deuda con vos misma.
Si algo de lo que leíste te hizo ruido, no lo dejes pasar. No es casual que hayas llegado hasta acá. Ese ruido es tu alma diciéndote que ya está bien de pelear batallas que no son tuyas.
Te invito a que explores esto en profundidad. No estás sola en esto, y no necesitás un nuevo plan de dieta: necesitás entender la descodificación arquetipal de tu historia para saber de dónde viene esa voz.
No odiás tu cuerpo: odiás lo que alguien te dijo que tenías que ser. Y ese alguien no puede decidir quién sos hoy.
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