Amenazas de bomba en vuelos de Europa: el lado B del miedo que ya viaja con nosotros

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

Una nueva oleada de amenazas de bomba obligó a desviar vuelos en toda Europa: aviones que tuvieron que aterrizar escoltados por cazas, aeropuertos en vilo, pasajeros bajando por toboganes con las manos en alto. La noticia se lee rápido, entre el café y el trabajo. Pero hay algo que no se lee: lo que esas imágenes le hacen a tu sistema nervioso aunque no estés arriba de ese avión.

Y ahí está el lado B. Porque no hace falta volar a Madrid para sentir que el mundo se volvió un lugar donde cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. Alcanza con abrir el celular.

El avión como símbolo de todo lo que no controlás

Pensalo un segundo. Te subís a un tubo de metal, cerrás la puerta, entregás el volante y te sentás a esperar. Nada de lo que pase de ahí en adelante depende de vos. Para muchas personas eso ya es un desafío: es el escenario donde la ilusión de control se cae completa.

Ahora sumale una amenaza. Una llamada anónima. Un avión que cambia de rumbo. Y aparece algo que no es solo miedo: es la confirmación de una sospecha que ya tenías. Que el mundo no está ordenado. Que estar a salvo es una sensación, no un hecho.

El terrorismo no necesita destruir un avión para cumplir su objetivo. Le alcanza con que millones de personas empiecen a vivir como si el próximo vuelo fuera el último.

Qué le pasa a tu cuerpo con noticias así

Aunque estés en tu casa, tu cuerpo procesa la amenaza como si fuera propia. Se activa el sistema nervioso simpático: se acelera el pulso, se tensa la mandíbula, la respiración se acorta, el estómago se cierra. Es la respuesta de alerta, la misma que te salvó de un peligro real alguna vez. El problema es que hoy esa alarma se enciende varias veces por día y casi nunca se apaga del todo.

Vivir así tiene un costo. Se llama hipervigilancia. Y se nota en cosas chiquitas: revisás las noticias cada veinte minutos, te sobresaltás con un ruido, te cuesta dormir, te imaginás escenarios catastróficos en la ducha, te cuesta concentrarte. No estás exagerando. Tu cuerpo está haciendo su trabajo en un contexto que no le da tregua.

La amenaza invisible y el miedo de época

Hay algo particular en este tipo de noticias: la amenaza no tiene cara. No hay un enemigo identificable, no hay un frente, no hay un lugar seguro del todo. Y cuando el peligro es difuso, la mente hace lo único que sabe hacer: lo busca en todos lados. Así empieza a desconfiar del que se sienta al lado, del paquete olvidado, del ruido en el pasillo.

Eso, a escala colectiva, tiene un nombre: miedo de época. Y a escala individual se traduce en una pregunta que casi nadie se anima a decir en voz alta: «¿vale la pena planear algo si total todo puede volverse mierda?».

Tres cosas que podés hacer hoy (sin apagar el celular para siempre)

Lo que el miedo viene a mostrarte

Desde la mirada transpersonal no trabajamos para eliminar el miedo. Trabajamos para escucharlo. Porque detrás del miedo a la amenaza suele haber una pregunta más honda: ¿qué estoy haciendo con mi vida mientras espero que pase algo? ¿A quién no le estoy diciendo lo que siento? ¿Qué proyecto estoy postergando «cuando el mundo se calme»?

El mundo no se va a calmar por decreto. Y si esperás ese momento para vivir, podés esperar décadas. La salida no es la negación ni el pánico: es recuperar la capacidad de estar presente en un mundo incierto. Eso es, en el fondo, un trabajo espiritual y terapéutico a la vez.

Las amenazas de bomba en Europa son reales y no hay que minimizarlas. Pero tu vida también es real, y merece algo más que sobrevivir en modo alerta.

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