Hay jugadas que ni el mejor jugador del mundo puede eludir. La muerte de Jorge Messi, padre y representante de Lionel, no es una noticia de deportes: es la confirmación de que el ídolo que parecía eterno también es hijo, también es duelo, también es un hombre que se pregunta cuánto tiempo más tiene sentido seguir corriendo detrás de una pelota.
Cuando Messi confesó que no sabe cuánto más va a jugar, la prensa lo leyó como el preanuncio del retiro. Yo lo leo distinto: es el instante exacto en que el duelo se hace cuerpo. Y ese es el lado B que casi nadie está mirando.
Pasamos la vida convencidos de que el dolor se puede esquivar. Que si laburás más horas, si ganás más plata, si te movés más rápido, el vacío no te alcanza. Pero el duelo no se gambetea: se atraviesa. Y cuando perdés a un padre, caés de golpe en una verdad que no tiene técnica, ni táctica, ni estrategia que valga.
Desde la mirada transpersonal, el duelo no es una enfermedad que haya que curar. Es un rito de paso, una transformación que hay que habitar. La psiquis necesita su tiempo para reacomodar una ausencia que ocupaba un lugar fundante en nuestra historia. Por eso apurarlo no sirve: el duelo tiene su propio reloj, y no le importa cuánto te apure el afuera.
Messi construyó su vida alrededor de la pelota. Desde los cinco años fue «el que juega». Y de repente, la muerte del padre —que además era su representante, su brújula, su primer gran sostén— lo enfrenta a una pregunta incómoda: ¿quién sos cuando la cancha se apaga?
Esa pregunta no es solo de Messi. Es tuya y es mía. Todos llevamos un «10 en la espalda»: un rol que nos define, un título, una empresa, un vínculo, un cuerpo que ya no es el de antes. Y cuando la vida nos lo arrebata, aparece el pánico de no saber quiénes somos sin eso.
El crack que dudó de seguir jugando nos muestra algo enorme: que ni los aplausos ni los trofeos alcanzan para llenar el hueco que deja un padre. Que el éxito profesional puede convivir con una tristeza profunda sin que nadie lo note.
El duelo es la antesala de una identidad más grande: la que no depende de lo que hacemos, sino de lo que somos.
Si sabemos mirar, el dolor de Messi nos deja tres lecciones:
Si estás en un duelo —por un padre, una pareja, un proyecto, una versión de vos que ya no existe— no te apures. No hay plazo. No hay forma correcta. Solo hay un camino: sentir lo que hay que sentir, con testigos amorosos que te sostengan sin apurarte y sin darte fórmulas.
La vida, como el fútbol, sigue después del gol y después del error. Pero entre una cosa y la otra está el vestuario silencioso donde uno se saca la camiseta y se encuentra con su propia piel, lejos de las cámaras.
Messi va a decidir cuándo colgar los botines. Vos podés decidir hoy empezar a mirar tu propio duelo sin gambetearlo. Si sentís que una pérdida te está pidiendo ser atravesada y no sabés por dónde empezar, te espero en el consultorio.