Messi y el duelo: lo que el crack no puede gambetear

El miedo a que te saquen lo tuyo: la herida territorial que los argentinos no queremos mirar
12/08/2026
La ola de calor que también nos quema por dentro
13/08/2026

Messi y el duelo: lo que el crack no puede gambetear

Messi y el duelo: lo que el crack no puede gambetear

Hay jugadas que ni el mejor jugador del mundo puede eludir. La muerte de Jorge Messi, padre y representante de Lionel, no es una noticia de deportes: es la confirmación de que el ídolo que parecía eterno también es hijo, también es duelo, también es un hombre que se pregunta cuánto tiempo más tiene sentido seguir corriendo detrás de una pelota.

Cuando Messi confesó que no sabe cuánto más va a jugar, la prensa lo leyó como el preanuncio del retiro. Yo lo leo distinto: es el instante exacto en que el duelo se hace cuerpo. Y ese es el lado B que casi nadie está mirando.

El duelo no se gambetea

Pasamos la vida convencidos de que el dolor se puede esquivar. Que si laburás más horas, si ganás más plata, si te movés más rápido, el vacío no te alcanza. Pero el duelo no se gambetea: se atraviesa. Y cuando perdés a un padre, caés de golpe en una verdad que no tiene técnica, ni táctica, ni estrategia que valga.

Desde la mirada transpersonal, el duelo no es una enfermedad que haya que curar. Es un rito de paso, una transformación que hay que habitar. La psiquis necesita su tiempo para reacomodar una ausencia que ocupaba un lugar fundante en nuestra historia. Por eso apurarlo no sirve: el duelo tiene su propio reloj, y no le importa cuánto te apure el afuera.

La identidad más allá del 10

Messi construyó su vida alrededor de la pelota. Desde los cinco años fue «el que juega». Y de repente, la muerte del padre —que además era su representante, su brújula, su primer gran sostén— lo enfrenta a una pregunta incómoda: ¿quién sos cuando la cancha se apaga?

Esa pregunta no es solo de Messi. Es tuya y es mía. Todos llevamos un «10 en la espalda»: un rol que nos define, un título, una empresa, un vínculo, un cuerpo que ya no es el de antes. Y cuando la vida nos lo arrebata, aparece el pánico de no saber quiénes somos sin eso.

El crack que dudó de seguir jugando nos muestra algo enorme: que ni los aplausos ni los trofeos alcanzan para llenar el hueco que deja un padre. Que el éxito profesional puede convivir con una tristeza profunda sin que nadie lo note.

El duelo es la antesala de una identidad más grande: la que no depende de lo que hacemos, sino de lo que somos.

Tres enseñanzas que el crack nos regala sin querer

Si sabemos mirar, el dolor de Messi nos deja tres lecciones:

  • El éxito no te exime del duelo. Podés tener todos los Balones de Oro del mundo y llorar igual frente al ataúd de tu papá. El dolor no mira el palmarés.
  • Dudar del propio camino es sano. Preguntarse «¿hasta cuándo?» después de una pérdida no es debilidad, es lucidez. La vida se reorganiza cuando algo se termina, y pararse a mirarlo es un acto de valentía.
  • Los ídolos también son humanos. Reconocerlo nos reconcilia con nuestra propia fragilidad, con eso que creíamos que teníamos que esconder.

Atravesar, no evitar

Si estás en un duelo —por un padre, una pareja, un proyecto, una versión de vos que ya no existe— no te apures. No hay plazo. No hay forma correcta. Solo hay un camino: sentir lo que hay que sentir, con testigos amorosos que te sostengan sin apurarte y sin darte fórmulas.

La vida, como el fútbol, sigue después del gol y después del error. Pero entre una cosa y la otra está el vestuario silencioso donde uno se saca la camiseta y se encuentra con su propia piel, lejos de las cámaras.

Messi va a decidir cuándo colgar los botines. Vos podés decidir hoy empezar a mirar tu propio duelo sin gambetearlo. Si sentís que una pérdida te está pidiendo ser atravesada y no sabés por dónde empezar, te espero en el consultorio.

Agendá tu consulta acá.