Estos días el país está partido al medio por la ley de inviolabilidad de la propiedad privada que impulsa el gobierno de Milei. De un lado, los que dicen que es una garantía básica de cualquier república. Del otro, los que denuncian que abre la puerta a la extranjerización de tierras y amenaza la soberanía. Gritos, acusaciones, chicanas. Pero hay una capa más profunda que nadie está mirando. Una capa que como terapeuta transpersonal no puedo ignorar.
¿Por qué nos duele tanto este tema? No es solo política. Es memoria celular. Es trauma colectivo.
Argentina se construyó sobre un despojo. Los pueblos originarios fueron masacrados, desplazados, borrados del mapa. La Campaña del Desierto no fue una campaña: fue un genocidio. Y las tierras arrebatadas se repartieron entre unas pocas familias que hasta hoy concentran latifundios del tamaño de países europeos.
Esa herida no cerró. Se transmitió. Generación tras generación, el miedo a que «vengan de afuera y te saquen lo tuyo» está inscripto en el inconsciente colectivo argentino. No es paranoia: es memoria. Es el eco de un trauma que nunca fue elaborado.
Carl Jung hablaba del inconsciente colectivo como un reservorio de experiencias compartidas por toda la humanidad. Pero además, cada pueblo tiene su propia capa: sus fantasmas, sus heridas no resueltas, sus pactos de silencio. El nuestro es este: la tierra fue robada y en cualquier momento nos la pueden volver a robar.
En terapia transpersonal trabajamos mucho con el concepto de pertenencia. Pertenecer no es solo tener un DNI que diga «argentino». Es sentir que este lugar es tu lugar. Que tus huesos van a descansar acá. Que tus hijos van a caminar estas calles.
Cuando ese sentido de pertenencia se tambalea —ya sea por una crisis económica que te obliga a emigrar, por una ley que sentís que te despoja, o por un discurso que dice que «lo de afuera es mejor»—, lo que se resquebraja es la identidad misma.
No es casual que el debate sobre tierras y extranjerización despierte pasiones tan viscerales. No estamos discutiendo sobre metros cuadrados. Estamos discutiendo sobre quiénes somos y si tenemos derecho a existir como comunidad.
Hay una diferencia enorme entre la precaución legítima y el miedo paralizante. El problema no es discutir si conviene o no que extranjeros compren tierras. El problema es cuando ese debate se alimenta de un miedo ancestral que nubla la razón.
Porque el miedo no elaborado se convierte en paranoia. Y la paranoia busca enemigos donde no los hay. De repente, el «otro» —el extranjero, el inversor, el que piensa distinto— se vuelve una amenaza existencial. Y ahí dejamos de debatir para empezar a desconfiar. Dejamos de construir para empezar a atrincherarnos.
En sesión veo esto todo el tiempo: pacientes que no pueden soltar una relación tóxica porque «es lo único que tienen». Pacientes que no se animan a cambiar de trabajo porque «afuera está peor». Pacientes que viven con la sensación de que en cualquier momento les van a sacar lo poco que consiguieron.
Ese es el verdadero costo de la herida territorial no sanada: te impide crecer, te impide soltar, te impide confiar.
No voy a decirte qué pensar sobre la ley de propiedad privada. No es mi rol como terapeuta. Pero sí te invito a hacerte algunas preguntas:
Porque cuando sanamos nuestra relación personal con la pertenencia, con la seguridad, con la confianza —ahí recién podemos participar del debate colectivo sin que el miedo nos maneje. Ahí podemos decir «no estoy de acuerdo» sin que nos tiemble la voz. Ahí podemos construir en lugar de reaccionar.
La Argentina tiene una herida territorial profunda. Pero las heridas no se curan con leyes. Se curan con conciencia, con memoria, con elaboración. Y eso es un trabajo que hacemos entre todos. Empezando por casa. Empezando por adentro.
Si sentís que el miedo a perder lo tuyo te está gobernando la vida, agendá una sesión conmigo. A veces lo que creemos que es un problema político es, en realidad, una conversación pendiente con nosotros mismos.