Junio cerró con 1,9% de inflación. La canasta básica para no ser pobre superó el millón y medio de pesos. Hace quince años que ejerzo como terapeuta y te puedo asegurar que jamás vi tantos cuerpos agotados por la incertidumbre económica como en estos últimos cinco.
No vengo a darte consejos financieros. Vengo a hablarte de lo que la inflación le hace a tu psiquis, a tu sistema nervioso y a tu campo energético. El «lado B» del agobio económico que nadie está cubriendo.
El sistema nervioso simpático —ese que se activa cuando sentís peligro— es analfabeto: no diferencia una amenaza real de una amenaza percibida. La inflación es una amenaza difusa, constante, impredecible. Y tu cuerpo la lee como si un depredador te estuviera acechando 24/7.
El resultado es devastador y silencioso: cortisol elevado de manera crónica, sueño fragmentado, contracturas que no ceden, digestión alterada, irritabilidad de gatillo fácil. En el consultorio lo veo todos los días: pacientes que llegan por «estrés» y cuando rascamos un poquito aparece la soga financiera apretándoles el cuello.
Desde la mirada transpersonal, el dinero no es solo papel con valor de cambio. Es una corriente energética que circula —o se estanca— según nuestras creencias, nuestras herencias familiares y los mandatos sociales.
La inflación nos coloca en un estado de escasez inducida: no importa cuánto ganes, la sensación de que «no alcanza» se vuelve permanente. Y esa sensación no solo afecta tus cuentas: afecta tu capacidad de proyectar, de soñar, de desear. Te achica el horizonte. Te pone en modo supervivencia.
Cuando vivís en modo supervivencia, se te apaga la creatividad, se te cierra el corazón y te olvidás de que hay una dimensión espiritual en tu vida que también necesita alimento.
Hay una trampa mental en la que caemos todos: pensar que el bienestar depende de lo que hay en la billetera. Y sí, el dinero importa, no voy a romantizar la carencia. Pero entre la abundancia y la miseria hay un territorio inmenso donde tu calidad de vida se define más por cómo te vinculás con lo que tenés que por la cifra exacta.
Trabajo con pacientes que ganan fortunas y viven aterrados. Y con pacientes que llegan justo a fin de mes y duermen como benditos. La diferencia no es el monto: es el sistema de creencias que sostiene su relación con el dinero.
La inflación es un fenómeno macro que no vas a resolver desde tu living. Pero sí podés decidir cómo transitarla. Podés elegir no enfermarte por una variable que no manejás. Podés ponerle conciencia a lo que sentís, buscar ayuda, hablar con tus seres queridos, sacar el miedo del silencio.
El síntoma económico siempre tiene una contracara anímica. Si te está pesando demasiado, no lo minimices. No es «drama», no es «quejarse de lleno». Es tu psiquis pidiendo contención.
Y si necesitás un espacio donde procesarlo sin juicio ni fórmulas mágicas, acá estoy.