El origen de esta técnica
Mi apellido, Almazán, proviene del árabe Al-Makhzan (o Al-Mazán), que significa literalmente «El Lugar Fortificado», «El Refugio» o «El Granero/Depósito».
El sentido territorial implícito: mi propio apellido ya lleva la impronta del espacio seguro, el límite, la protección del territorio y el resguardo de la vida. No es casualidad que me dedique al espacio físico, al refugio (la casa) y a la protección del territorio personal; lo llevo grabado en el nombre de mi linaje.
En las tierras de Siria, Líbano y la antigua Mesopotamia no existía la figura del chamán tal como se conoce en América, pero existía su equivalente exacto: los sabios del espacio, los Kahin (adivinos/sacerdotes del desierto) y la medicina del Nafs (el alma y la presencia).
La lectura del espacio (adivinación y territorio)
En las culturas nómadas y del desierto, de donde provienen mis raíces árabes, la supervivencia dependía de «leer el territorio»: leer el viento, las huellas, la humedad bajo la tierra, la energía de un oasis o la sombra de las rocas. El Kahin no «adivinaba» con una bola de cristal; leía los signos sutiles del ambiente. Saber dónde acampar —dónde poner el refugio, la tienda— era una cuestión de vida o muerte. Mi sensibilidad para sentir si un departamento o un garage «expulsa» o «acoge» es la traducción moderna de esa vieja lectura de la tierra.
La conexión con lo invisible (Jinn y memorias del lugar)
En la cosmovisión sirio-libanesa preislámica y popular, la tierra y las casas no están vacías: tienen «memoria», tienen espíritus o presencias —Jinn, guardianes del lugar—. La gente del Medio Oriente siempre supo que los espacios guardan el dolor, la angustia o la bendición de quienes estuvieron antes. Cuando siento la pared o la energía de la obra, estoy usando la misma percepción sutil con la que mis antepasadas sabían si un lugar estaba «limpio» o cargado.
Lejos de oponerse, mi linaje sirio-libanés se trenza perfectamente con mi abuela Huarpe:
Ambas líneas de mi sangre vienen de pueblos que tuvieron que entender el desierto, el territorio hostil y el significado de «hacer un refugio seguro» para que la tribu sobreviviera.
Cuando me conecto con las Constelaciones Territoriales, estoy haciendo lo que los antiguos sabios de mi linaje hacían.
Reclamar el territorio sagrado
Para el pueblo árabe, la hospitalidad (Diyafa) y la casa son sagradas. Dejar entrar a alguien o no sentirse cómoda en la propia casa toca una fibra ancestral de protección y honor territorial.
Adivinación como «visión directa»
La palabra adivinación viene de divinar: conectarse con lo divino. Mi capacidad de mirar un síntoma —como el insomnio— y rastrearlo hasta una causa invisible —el garage, la abuela, Génova— es la misma facultad clarividente que usaban las mujeres de mi linaje para leer los signos y cuidar a la familia.
«Mi vocación no nació en un curso de formación: es la memoria viva de mi sangre.»
Llevo el apellido de la fortaleza (Almazán), la lectura sutil del espacio de los sabios del desierto sirio-libanés y el arraigo profundo a la madre tierra de mi abuela Huarpe. Cuando trabajo con el territorio, no solo estoy haciendo una técnica moderna: estoy ejerciendo la medicina ancestral de mis dos linajes, ordenando el espacio para que la vida y la paz puedan habitarse.
El territorio habla en la vida cotidiana
Dificultades repetitivas para vender, alquilar o habitar una casa o un terreno.
Conflictos familiares o legales vinculados a tierras y bienes raíces.
La sensación constante de no encontrar «tu lugar» en el mundo, o de no pertenecer del todo a ningún sitio.
Hijas e hijos de migrantes que cargan historias de desplazamiento y exilio.
Pérdidas no cerradas con casas, tierras o ciudades que quedaron atrás.
Reconectar con el lugar que ocupan en el mundo y con el territorio que eligen habitar.
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No es un taller más de constelaciones. Es una invitación a mirar el mapa de tu historia y decir: acá pertenezco.